La Geodesia del Surco Dérmico: Auditoría del Estigma, la Erosión y la Cal sobre el Soporte

El relieve de las marcas debería explicarlo todo.

Sin embargo, no lo explica.

Hay una mota de polvo adherida a una de las líneas rojizas. La observo durante unos segundos porque parece fuera de lugar, como si hubiera llegado desde otra habitación. Cuando vuelvo a mirarla ya no sé si sigue ahí o si la he confundido con una sombra mínima.

El aire no tiene nada de extraordinario. Huele vagamente a tela guardada y a madera seca. Alguien dejó una taza en algún sitio. No puedo verla, pero el olor tenue del café enfriado aparece y desaparece sin seguir ninguna lógica.

La presión permanece.

No como un acontecimiento.

Como una geografía.

Las zonas recorridas por el trazo dejan de sentirse como partes de un cuerpo y empiezan a parecer regiones separadas por fronteras invisibles. Una conserva calor. Otra mantiene una sensibilidad absurda. Otra parece haber sido olvidada por completo.

Eso no debería ocurrir.

O quizá sí.

Ya no estoy seguro.

Durante un instante creo que una de las marcas ha cambiado de posición.

La observo.

No ha cambiado.

Lo extraño es que la sensación de desplazamiento permanece incluso después de comprobarlo.

En algún lugar de la habitación se oye un pequeño golpe.

No parece importante.

Tal vez una tubería.

Tal vez el edificio acomodándose sobre su propio peso.

Nadie reacciona.

El sonido existe unos segundos y luego desaparece, llevándose consigo una parte de mi atención.

La tensión continúa sin necesitarlo.

Empiezo a comprender que la fijeza no proviene únicamente de la sensación acumulada. Proviene también de todas las cosas que siguen existiendo sin participar en ella: el polvo, la taza olvidada, el ruido distante, una arruga en la tela que nadie corrige.

Hay algo incómodamente personal en eso.

Siempre imaginé que la saturación significaría ocuparlo todo.

Pero no.

La saturación convive con detalles que no obedecen.

Con objetos indiferentes.

Con pequeñas resistencias del mundo.

El cuello debería moverse.

Pienso esa frase con una claridad ridícula.

No intento moverlo todavía.

Primero observo una esquina de la habitación.

Después la observo otra vez.

Por un momento tengo la impresión de que la luz es distinta.

No lo es.

O quizá sí.

La contradicción permanece abierta.

Y, de algún modo, eso resulta más inquietante que cualquier certeza.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…