El Espasmo del Algoritmo: La Anatomía del Like Erótico y el Registro del Reconocimiento como Orgasmo

Nunca digo esto en voz alta.

Ni siquiera ahora me gusta escribirlo.

Pero creo que hay una parte de mí que espera ciertos «me gusta» como antes esperaba ciertas caricias.

Es horrible verlo escrito.

Peor aún reconocerlo.

Porque cuando lo pienso con honestidad no estoy esperando una reacción.

Estoy esperando una confirmación.

Una prueba.

Algo pequeño.

Ridículo.

Que me diga que sigo aquí.

Que todavía ocupo espacio en la mente de alguien.

Subo una fotografía.

Cierro la aplicación.

La vuelvo a abrir treinta segundos después.

Luego otra vez.

Y otra.

Como si estuviera comprobando el pulso de un paciente.

Como si hubiera dejado una parte de mi cuerpo dentro de la pantalla.

Lo más vergonzoso no es hacerlo.

Lo más vergonzoso es la sensación previa.

La anticipación.

Ese instante en que todavía no ha ocurrido nada.

Pero el cuerpo ya está reaccionando.

Ya estoy imaginando nombres.

Ya estoy imaginando quién verá la imagen.

Quién se detendrá.

Quién no.

Quién pasará de largo.

Hay algo profundamente humillante en entregarle tanto poder a un gesto tan pequeño.

Un dedo.

Un corazón.

Un icono.

Y sin embargo ocurre.

Ocurre más de lo que me gusta admitir.

La habitación está en silencio.

Solo el brillo del teléfono.

Solo mi cara reflejada en el cristal.

Solo esta sensación extraña de estar esperando una sentencia.

A veces llega la notificación.

Y siento alivio.

Un alivio tan breve que casi da vergüenza llamarlo felicidad.

Dura segundos.

Tal vez menos.

Después desaparece.

Y vuelve el hambre.

Creo que eso es lo que me inquieta.

No el deseo de ser visto.

La facilidad con la que puedo convertirme en alguien que necesita ser visto.

La sumisión que existe dentro de eso.

Porque nadie me obliga.

Nadie me ordena abrir la aplicación.

Nadie me exige mirar los números.

Y sin embargo vuelvo.

Una y otra vez.

Como si algo me llamara.

Como si una parte de mí hubiera decidido arrodillarse frente a una estadística.

Es absurdo.

Y aun así ocurre.

La cal vuelve.

Siempre vuelve.

Las paredes blancas.

Las grietas.

El polvo suspendido.

Cada notificación parece otra capa.

Otro sedimento.

Otra película mineral sobre algo que antes era simple.

Antes bastaba con existir.

Ahora a veces quiero pruebas.

Recibos.

Confirmaciones.

Pequeños certificados digitales de que todavía soy visible.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

La pantalla sigue iluminada.

No ha llegado nada nuevo.

Pero sigo mirándola.

Como si algo fuera a salvarme.

Como si el próximo corazón pudiera explicarme algo.

Como si la cal hubiera aprendido a contar.

El «like»

No debería importarme tanto.

De verdad.

Es ridículo.

Ni siquiera conozco a esa persona.

Y sin embargo llevo toda la tarde mirando el teléfono.

Como si estuviera esperando algo.

Como si fuera a pasar algo.

Lo peor es que sé exactamente qué estoy esperando.

Un corazón.

Un «me gusta».

Una señal mínima.

Algo tan pequeño que da vergüenza admitirlo.

Subí la foto.

Nada especial.

La miré diez veces antes de publicarla.

Quizá veinte.

Pensando si parecía demasiado evidente.

Demasiado sugerente.

Demasiado necesitada.

Al final la publiqué igual.

Y después empezó la espera.

Intenté hacer otras cosas.

Leer.

Trabajar.

Ver una serie.

Pero una parte de mí seguía allí.

Dentro del teléfono.

Esperando.

Cuando llegó la primera notificación sentí algo absurdo.

Una especie de calor.

No fuerte.

Solo un pequeño golpe en el pecho.

Y me odié un poco por eso.

Porque no debería significar nada.

Porque siempre digo que no necesito aprobación.

Que me da igual.

Que no dependo de la opinión de nadie.

Mentira.

Al menos hoy.

Hoy sí me importaba.

Y cuanto más me importaba.

Más vergüenza me daba.

Lo extraño es que no era exactamente por la foto.

Era por imaginar quién la estaba mirando.

Quién se detenía unos segundos.

Quién sentía curiosidad.

Quién se preguntaba cosas sobre mí.

No sé por qué eso me afecta tanto.

Quizá porque llevo semanas leyendo.

Mirando.

Descubriendo partes de mí que no sabía que existían.

Y ahora cualquier señal parece más intensa.

Más personal.

Más peligrosa.

Como si cada pequeño gesto confirmara algo que todavía no me atrevo a decir en voz alta.

Esta noche he vuelto a mirar las notificaciones.

Varias veces.

Demasiadas.

Y mientras lo hacía me repetía que era una tontería.

Que mañana se me pasará.

Que no significa nada.

Pero una parte de mí sabe que volveré a mirar.

Y quizá eso es precisamente lo que más vergüenza me da.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…