Creo que hay algo que me preocupa más que las cosas que leo.
Lo que me preocupa es que empiezo a estar de acuerdo con ellas.
No del todo.
No de una forma consciente.
Pero un poco.
Y ese «un poco» cada vez ocupa más espacio.
Recuerdo cuando empecé a leer sobre castigos.
Sobre correcciones.
Sobre obediencia.
Sobre todas esas cosas.
Y lo raro es que nunca fue eso lo que más me llamó la atención.
Siempre pensé que si alguna vez me interesaba algo así sería por lo extremo.
Por la intensidad.
Por la parte más evidente.
Pero no.
Lo que se me quedó dentro fueron otras cosas.
Las pequeñas.
Las silenciosas.
Las que casi nadie destacaba.
La idea de no tener que decidir.
La idea de que alguien ya hubiera decidido.
La idea de dejar de estar negociando conmigo mismo todo el tiempo.
Eso me da mucha más vergüenza escribirlo que cualquier fantasía sexual.
Muchísima más.
Porque suena mal.
Suena infantil.
Suena débil.
Y sin embargo sigo pensando en ello.
Hay días en los que paso horas leyendo experiencias ajenas.
Horas.
Y cuando cierro todo me siento ridículo.
Porque si alguien viera mi historial no encontraría algo escandaloso.
Encontraría páginas y páginas de personas hablando.
Explicando.
Describiendo.
Intentando entender lo mismo que yo intento entender.
Y aun así lo escondo.
Lo escondo porque no sé explicar por qué vuelvo.
No es solo excitación.
Hace meses habría dicho que sí.
Ahora ya no estoy tan seguro.
Porque hay momentos en los que ni siquiera estoy excitado.
Y sigo leyendo.
Sigo leyendo igual.
Con la misma atención.
Con la misma necesidad extraña de seguir avanzando una página más.
Un comentario más.
Una experiencia más.
Como si estuviera buscando algo.
Pero no sé qué.
A veces creo que estoy buscando un límite.
Un punto donde diga:
vale, ya entiendo esto.
Ya está.
Ya no necesito seguir leyendo.
Pero ese punto nunca llega.
Lo que llega es otra pregunta.
Siempre otra pregunta.
Y la peor de todas es esta:
¿por qué cada vez me resulta menos extraño?
Eso es lo que realmente me asusta.
No que me interese.
No que me excite.
Sino la velocidad con la que ciertas ideas dejan de parecer ajenas.
La velocidad con la que algo que hace unos meses me habría parecido imposible empieza a sentirse familiar.
No estoy diciendo que quiera nada.
Ni siquiera sé si lo quiero.
Solo sé que llevo demasiado tiempo leyendo.
Demasiado tiempo pensando.
Demasiado tiempo imaginando.
Y empiezo a sospechar que la curiosidad ya no está llevando a la excitación.
Creo que está pasando algo peor.
Creo que la excitación está empezando a convertirse en interés real.
Y todavía no sé qué hacer con eso.
Tengo que mover el cuello no hay cuello hay una…