Sade y el Contrato Social: El Látigo como Sello de la Inscripción Quirúrgica

La primera vez que Sade pensó en comprobarse a sí mismo no estaba escribiendo.

No estaba buscando una idea.

La mesa estaba ahí.

La tinta también.

Seca, demasiado seca.

Como si hubiera dejado de participar en lo que pasaba en la habitación.

La puerta cerrada.

El sonido del pasillo al otro lado.

Cosas simples.

Cosas que no devolvían ninguna señal.

Sade las miraba como si pudieran confirmarle algo.

No sabía qué.

Solo que necesitaba que siguieran siendo lo que eran.

La mesa.

La tinta.

La puerta.

Durante unos segundos funcionó.

Todo seguía donde debía.

Eso debería haber sido suficiente.

No lo fue.

Porque lo extraño no era que las cosas estuvieran en su sitio.

Lo extraño era que él necesitaba comprobarlo dos veces.

Sin motivo claro.

Sin error previo.

Como si la comprobación hubiera llegado antes que la duda.

Ahí apareció la primera incomodidad.

No era la realidad lo que fallaba.

Era el momento en el que él decidía mirarla.

Sade dejó de hacerlo durante tres días.

No se fue.

No cambió nada.

Simplemente dejó de comprobar.

Y durante un tiempo breve, insoportable de normalidad, funcionó.

La mesa siguió siendo mesa.

La puerta siguió cerrando el mismo espacio.

El espejo no hizo nada que no debiera hacer un espejo.

Eso fue lo más inquietante.

Que la realidad parecía más estable sin él.

Hasta que encontró una nota en el cajón.

Escrita con su letra.

Fechada tres días antes.

“No confíes en el momento en que creas que ha terminado.”

No recordaba haberla escrito.

Pero reconocía la frase.

Eso fue peor.

Porque ahora la comprobación ya no era un gesto.

Era una continuidad.

No había principio claro donde detenerla.

El problema no era confirmar que existía.

Eso era fácil.

Un reflejo.

Un ruido.

Una mano moviéndose.

Todo eso podía falsificarse como prueba.

Lo difícil era otra cosa.

Confirmar que la persona que buscaba la prueba era la misma persona que la necesitaba.

Durante un segundo pensó que eso explicaba todo.

Después entendió que “explicar” era otra forma de seguir comprobando.

Entonces apareció la frase.

No como decisión.

Como interferencia.

Tengo que comprobar que sigo siendo el que comprueba.

Se detuvo.

No porque la entendiera.

Sino porque no sabía si la había pensado él.

O si la frase había llegado primero.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…