Hoy he vuelto a decirlo.
Lo he pensado con una claridad que me ha dado hasta tranquilidad física en el pecho.
“Ya está. No soy así. No me gusta esto. No voy a volver a verlo.”
No ha sido una duda.
Ha sido una decisión.
He cerrado la pestaña incluso un poco más fuerte de lo normal, como si ese gesto pudiera fijar algo en mi cabeza.
He mirado el móvil después.
He dejado el móvil boca abajo.
He sentido una especie de orden interna, casi limpia.
Y durante unos minutos… ha funcionado.
No pasaba nada.
No había imágenes.
No había búsqueda.
Solo silencio.
Pero el problema es que el silencio no se queda vacío.
Se llena solo.
No sé en qué momento exacto vuelve.
No hay transición.
No hay puerta.
Solo me descubro otra vez ahí.
Buscando.
Sin haber “decidido” buscar.
La Curiosidad que no se apaga
Lo más extraño no es lo que veo.
Es lo que pasa antes de verlo.
Ese momento en el que todavía puedo no hacerlo.
Pero ya estoy dentro.
Me digo que solo estoy entendiendo.
Que es curiosidad.
Que no tiene importancia.
Pero el cuerpo no lo vive como curiosidad.
Lo vive como otra cosa.
Algo más lento.
Más difícil de nombrar.
Y ahí aparece la contradicción.
Porque si fuera solo curiosidad, podría parar.
Pero no paro.
Y eso me hace sentir algo incómodo.
No exactamente culpa.
Más parecido a… vergüenza anticipada.
Como si ya supiera lo que voy a hacer antes de hacerlo.
El punto donde dejo de decidir
Hay un momento pequeño.
Siempre es pequeño.
No es un clic.
No es un pensamiento claro.
Es más bien una rendición suave.
Estoy mirando.
Y de pronto ya no estoy decidiendo mirar.
Solo estoy dentro.
Y lo peor es que una parte de mí lo nota.
Lo registra.
Pero no interviene.
Solo observa.
Como si no fuera su problema.
La frase que vuelve sola
“No sigo leyendo porque entiendo más. Sigo leyendo porque entiendo menos.”
La escribo en mi cabeza.
Como si explicara algo.
Pero no explica nada.
Solo describe el bucle.
Porque cuanto menos entiendo, más quiero seguir.
Y cuanto más sigo, menos entiendo.
Y eso no se rompe.
Solo crece.
Lo que no digo en voz alta
No lo he contado.
No porque sea grave.
Sino porque no sé cómo explicarlo sin que suene ridículo.
“Estoy viendo cosas que no quiero ver.”
“Estoy volviendo aunque dije que no volvería.”
“Estoy pensando demasiado en algo que no debería importarme.”
Todo suena pequeño.
Pero por dentro no lo es.
Por dentro ocupa demasiado espacio.
Demasiado rápido.
El retorno
Hoy he vuelto.
Sin decidirlo.
Otra vez.
Y lo primero que he pensado no ha sido “no debería”.
Ha sido:
“solo un momento.”
Y eso es lo que me asusta.
Porque esa frase no suena a deseo.
Suena a permiso.
El cuello no lo estoy moviendo debería…