La Osteología del Altar: El Cuerpo como Soporte de la Liturgia Mineral

No recuerdo cuándo empezó a ocupar tanto espacio.

Eso es lo que más me molesta.

Si alguien me preguntara, diría que fue curiosidad.

Y supongo que es verdad.

Al principio era curiosidad.

Leía algo.

Veía un vídeo.

Encontraba una palabra que no conocía.

Nada parecía especialmente importante.

Lo extraño es que nunca terminaba ahí.

Siempre aparecía otra cosa.

Otro artículo.

Otra historia.

Otra pestaña.

Como si todo estuviera conectado por algún hilo invisible.

Recuerdo una noche en concreto.

No pasó nada especial.

Eso es precisamente lo que recuerdo.

La taza estaba al lado del ordenador.

Todavía salía vapor cuando me senté.

Cuando volví a mirarla estaba fría.

No recuerdo haberme terminado el café.

No recuerdo haber mirado la hora.

Solo recuerdo seguir leyendo.

Y volver.

Y seguir.

Durante mucho tiempo pensé que lo que me atraía era el contenido.

Ahora no estoy tan seguro.

Porque a veces ni siquiera estoy leyendo algo nuevo.

Estoy leyendo algo parecido.

Algo que ya conozco.

Algo cuya conclusión ya sé.

Y aun así vuelvo.

No creo que sea la respuesta lo que busco.

Creo que es otra cosa.

Algo más difícil de explicar.

Hay un momento.

Siempre el mismo momento.

El instante justo antes de abrir otra pestaña.

Antes de escribir otra búsqueda.

Antes de decirme que serán solo cinco minutos.

Ese momento me interesa más que cualquier cosa que encuentre después.

Eso es lo que no entiendo.

Ni siquiera sé si me excita exactamente.

Al principio sí.

Era una curiosidad mezclada con una excitación que aparecía y desaparecía.

Ahora es diferente.

Más silencioso.

Más constante.

Más difícil de nombrar.

A veces cierro todo.

De verdad.

Apago la pantalla.

Me levanto.

Hago otra cosa.

Y durante un rato siento algo parecido al alivio.

Como si hubiera recuperado el control.

La falsa victoria dura muy poco.

Porque horas después me descubro pensando en volver.

No en algo concreto.

No en una imagen.

No en una historia.

En volver.

Y esa diferencia me resulta incómoda.

La pantalla está apagada.

Puedo verme reflejado en el negro.

Durante un segundo parece que estoy mirando a alguien que espera que tome una decisión.

Y no sé cuál de los dos está esperando.

Pensaba que la pregunta era por qué volvía.

Ahora creo que esa nunca fue la pregunta.

La pregunta es qué parte de mí ya ha decidido volver antes de que yo me dé cuenta.

La taza sigue al lado del ordenador.

Está fría.

Lo sé porque la toco.

No porque recuerde cuándo dejó de estar caliente.

Tengo que mover el cuello.

Lo pienso.

Espero un segundo más.

Y entonces noto algo extraño.

No estoy esperando moverlo.

Estoy esperando sentir que la decisión ha sido mía.

Tengo que mover el cuello no hay cuello debería…