El fin de la decencia no empieza como caída.
Empieza como un retraso.
Algo ocurre y la reacción llega después de haber ocurrido.
No sé si es el cuerpo o la memoria la que tarda.
Pero el desfase es siempre el mismo.
Antes del gesto ya hay una forma de exposición.
No completa.
Solo suficiente para que no sea reversible.
Hay un punto en el que intento llamarlo error.
La palabra no encaja.
No porque sea falsa.
Sino porque llega tarde.
Sigo avanzando.
No en dirección clara.
Más bien en una continuidad que no corrige su propio rumbo.
La habitación de cal no aparece.
Se impone sin aparecer.
Como si ya hubiera estado aquí antes de que yo entrara.
Hay una marca en el muro.
No la había visto.
No parece grieta.
Parece desgaste dirigido.
Como si el muro hubiera insistido en sí mismo en ese punto.
No la miro mucho tiempo.
No por miedo.
Sino porque mirarla demasiado la vuelve explicable.
Y lo explicable pierde presión.
Durante un instante pienso que esto sigue siendo un espacio normal.
No dura.
La idea se corrige sola.
No es el espacio el que cambia.
Es la forma en que lo reconozco la que se vuelve insuficiente.
No hay escándalo.
Eso es lo primero que no encaja.
Solo una pequeña continuidad torcida.
Como si algo ya hubiera sido aceptado antes de decidirse.
El problema no es la transgresión.
Es que la transgresión llega después de su efecto.
Sigo caminando.
O sigo siendo llevado sin confirmación.
No hay punto de salida.
Pero tampoco hay cierre.
Solo una forma de permanencia que no se deja revisar.
Camino un paso.
Cuando intento recordar de dónde venía, el recuerdo no sostiene la misma geometría.
No ha desaparecido.
Solo ha dejado de coincidir consigo mismo.
El muro sigue ahí.
Pero ya no sé si lo estoy viendo desde el mismo lado.
Y en algún momento —sin decisión— noto que llevo demasiado tiempo sin buscar una salida.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo..