Mecanismo de la Saturación Total

No recuerdo cuándo dejé de sentir la diferencia.

Eso debería preocuparme más de lo que me preocupa.

Hay un interruptor en la pared.

Nada especial.

Blanco.

Pequeño.

Ligeramente amarillento en los bordes.

Llevo viéndolo semanas.

Quizá meses.

Nunca le había prestado atención.

Hasta ayer.

Ayer lo pulsé.

La luz se apagó.

Lo normal.

Lo esperado.

Lo olvidé inmediatamente.

Esta mañana volví a verlo.

Y tuve la sensación extraña de que ya lo había pulsado muchas más veces de las que recordaba.

No durante días.

Durante años.

Me quedé mirándolo.

No porque hubiera cambiado.

Porque parecía cansado.

Sé que no tiene sentido.

Los interruptores no parecen cansados.

Pero era exactamente esa sensación.

Como si hubiera hecho demasiadas veces la misma función.

Como si algo hubiera pasado por él tantas veces que ya no distinguiera una orden de la siguiente.

Intenté trabajar.

No funcionó.

Cada pocos minutos volvía a mirar la pared.

El interruptor seguía allí.

Exactamente igual.

Eso debería haber terminado con la inquietud.

No lo hizo.

La aumentó.

Al anochecer ocurrió algo pequeño.

Algo tan pequeño que casi no merece ser contado.

Entré en la habitación.

La luz estaba encendida.

Estoy casi seguro de haberla dejado apagada.

Casi.

No completamente.

Eso es lo que vuelve inútil cualquier explicación.

La memoria siempre deja una salida.

Decidí hacer una fotografía.

Solo para terminar con la sensación.

Fotografié el interruptor.

La pared.

La fecha.

Todo.

Hoy he vuelto a revisar la imagen.

Y ahí apareció el problema.

No en el interruptor.

En mi recuerdo.

Porque la fotografía muestra exactamente lo que esperaba encontrar.

Pero no coincide con lo que recuerdo haber fotografiado.

La posición es correcta.

La iluminación es correcta.

Todo es correcto.

Demasiado correcto.

Como si la imagen hubiera sido tomada después de que yo dejara de mirarla.

He comprobado la hora varias veces.

No hay errores.

La fotografía existe.

La pared existe.

El interruptor existe.

Lo único inestable parece ser la secuencia.

Existe una regla que no recuerdo haber aprendido:

algunas cosas no se desgastan por el uso. Se desgastan por ser observadas demasiadas veces.

Desde entonces sigo comprobándolo.

Paso por delante.

Lo miro.

Continúo caminando.

Después vuelvo.

No porque espere que cambie.

Porque empiezo a sospechar que soy yo quien cambia cada vez que lo observo.

Esta tarde ocurrió algo peor.

Mucho peor.

Apagué la luz.

Esperé unos segundos.

Volví a encenderla.

Nada extraño.

Excepto una sensación inmediata.

La sensación de que el interruptor ya sabía lo que iba a hacer.

No es una idea agradable.

Tampoco es lógica.

Pero apareció antes que cualquier pensamiento.

Como si mi decisión hubiera llegado tarde.

Como si el gesto ya estuviera ocurriendo cuando lo reconocí.

La habitación sigue igual.

La pared sigue igual.

El interruptor sigue igual.

Eso es lo preocupante.

Porque ya no estoy intentando descubrir qué ocurre.

Estoy intentando averiguar por qué sigo comprobándolo.

Y mientras pienso en eso, recuerdo algo.

La fotografía que tomé ayer tiene una hora registrada.

22:14.

La acabo de revisar otra vez.

Sigue marcando 22:14.

Sin embargo, estoy casi seguro de que ayer, cuando la miré por primera vez, marcaba 22:17.

Solo son tres minutos.

No puedo demostrar nada.

No tengo una captura anterior.

No tengo una prueba.

Solo una certeza incómoda.

No recuerdo haber visto cambiar la hora.

Lo que recuerdo es haber sentido alivio cuando todavía era distinta.

Y no sé por qué eso me resulta mucho más inquietante que cualquier cambio.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo el exceso ya estaba sedimentado en la cal…