El Voltaje de Colapso: Mecanismo de la Saturación Total y la Inercia del Cuerpo que ya no Registra

No sé exactamente cuándo empezó.

Durante mucho tiempo pensé que había sido una curiosidad más.

Una de tantas.

Un enlace abierto de madrugada.

Un artículo.

Un vídeo.

Una entrevista.

Algo que se mira durante diez minutos y después se olvida.

Pero no fue eso.

Lo sé porque todavía conservo la captura de pantalla.

No la primera.

La tercera.

Las dos anteriores desaparecieron.

O eso creo.

La captura muestra una página de un libro.

Nada especial.

Ni siquiera recuerdo el título.

Solo una frase subrayada.

La encontré una noche mientras leía sobre dominación y sumisión.

Ni siquiera estaba buscando nada concreto.

Solo saltaba de un texto a otro.

Como quien pasea.

Como quien mira escaparates.

La frase decía algo muy simple.

Tan simple que me avergüenza haber pensado tanto en ella.

Decía:

«Algunas personas descubren que desean obedecer antes de entender por qué.»

La leí.

Seguí avanzando.

No ocurrió nada.

O eso pensé.

Lo extraño vino después.

Al día siguiente recordaba perfectamente la frase.

Una semana después seguía recordándola.

Meses después seguía apareciendo.

Mientras trabajaba.

Mientras cocinaba.

Mientras esperaba un semáforo.

No era la frase.

Era la sensación de haber dejado algo sin terminar.

Como si hubiese empezado una conversación y alguien hubiese cortado la llamada.

Recuerdo una noche concreta.

Estaba solo.

Llovía.

La luz del móvil era la única luz encendida en la habitación.

Llevaba más de una hora leyendo.

No contenidos explícitos.

Ni siquiera escenas.

Solo experiencias.

Reflexiones.

Historias de personas que describían algo que yo no terminaba de comprender.

Y entonces ocurrió algo ridículo.

Algo tan pequeño que durante semanas me negué a darle importancia.

Dejé el móvil sobre la mesa.

Fui a la cocina.

Volví.

Y la captura estaba abierta.

Justo esa.

La misma frase.

Pensé que había sido un error.

Una coincidencia.

Pero al día siguiente volvió a ocurrir.

Y dos días después también.

Siempre la misma captura.

Siempre la misma línea.

Siempre la sensación de llegar tarde a algo que ya estaba sucediendo.

No sentí miedo.

Eso es lo que más me desconcierta.

Sentí curiosidad.

Una curiosidad vergonzosa.

Porque cuanto más leía sobre aquello, más reconocía algo.

No aprendía.

Reconocía.

Y no sabía qué estaba reconociendo exactamente.

Esa diferencia empezó a perseguirme.

Hay una fotografía en mi teléfono de aquella época.

La encontré hace unos días.

Aparece mi escritorio.

Un vaso.

Un cuaderno.

Un cargador.

Y el móvil.

La pantalla está apagada.

Pero sé que la captura estaba abierta.

Lo sé con la misma certeza con la que sé mi nombre.

El problema es que la fotografía demuestra lo contrario.

La pantalla estaba negra.

Llevo semanas mirándola.

No para encontrar una respuesta.

Para entender por qué sigo convencido de algo que la imagen contradice.

Esa es la parte que nunca cuento.

La parte que me da vergüenza.

No la excitación.

No la curiosidad.

Sino el alivio.

Porque hubo un momento en que dejé de intentar alejarme.

Y cuando dejé de hacerlo apareció una calma extraña.

Como si una tensión muy antigua hubiera decidido dejar de esconderse.

No ocurrió nada espectacular.

Nadie me habló.

Nadie me ordenó nada.

No hubo revelaciones.

Solo una sensación difícil de explicar.

La sensación de que algo dentro de mí llevaba mucho tiempo esperando ser encontrado.

Anoche volví a abrir la captura.

La frase seguía allí.

Exactamente igual.

La observé durante varios minutos.

Después bloqueé el teléfono.

Lo dejé sobre la mesa.

Fui a apagar la luz.

Cuando regresé, la pantalla estaba encendida.

La captura seguía abierta.

La misma frase.

La misma línea subrayada.

Lo extraño no fue eso.

Lo extraño fue descubrir que ya no intenté cerrarla.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…