La infraestructura del castillo sadiano no empieza como arquitectura.
Empieza como una forma de inclinación que no termino de reconocer en el cuerpo.
No he cruzado todavía el patio y ya hay una sensación de llegada.
Como si el interior del castillo hubiera empezado antes que el exterior.
No hay puerta en el sentido habitual.
Solo una variación en la densidad del aire.
Paso.
No estoy seguro de haber entrado.
El suelo no responde igual en toda la superficie.
No es inestabilidad.
Es una diferencia mínima en la forma en que el peso se acepta.
Hay una marca en el muro.
No sé cuándo apareció.
No parece grieta.
Parece algo que el muro hizo mientras yo no miraba.
No la toco.
No porque la entienda.
Sino porque tocarla la volvería demasiado clara.
Sigo avanzando.
O algo sigue avanzando conmigo sin pedirme permiso.
Durante un instante pienso que esto es solo un edificio.
La palabra no encaja.
No porque sea exagerada.
Sino porque llega tarde.
La habitación de cal no aparece como escenario.
Aparece como corrección.
Como si el espacio estuviera ajustándose a algo que ya ocurrió sin confirmación.
El castillo no sostiene nada.
Es lo que ocurre cuando sostener ya no es necesario.
Sigo buscando la forma de pensar que hay exterior.
No lo hago de manera consciente.
Es más bien un hábito que se retrasa.
Y ese retraso se vuelve visible.
El problema no es la estructura.
Es que la estructura ya está actuando antes de que la vea.
No es el castillo el que me contiene.
Es la parte de mí que todavía esperaba poder salir.
Camino un paso.
Cuando miro hacia atrás, no reconozco el lugar del que acabo de venir.
No ha desaparecido.
Solo ha dejado de coincidir consigo mismo.
Y eso es peor.
El muro no cambia.
Pero ya no estoy seguro de que siga siendo el mismo muro.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo..