Sade y la Anatomía del Ego: La Saturación del Yo como Destrucción del Otro

Para el Marqués de Sade, el ego nunca fue una cuestión de amor propio.

Eso es demasiado pequeño.

Demasiado humano.

Demasiado parecido a una emoción.

Lo que aparece en sus libros se parece más a otra cosa.

A una fuerza de borrado.

Una tendencia a mirar el mundo y preguntarse cuánto de él podría desaparecer sin que ocurriera una pérdida real.

Eso fue lo que me inquietó.

No la crueldad.

No el escándalo.

Ni siquiera el deseo.

La facilidad con la que ciertas personas pueden imaginar un mundo cada vez más vacío.

Y sentir alivio.

Cerré el libro.

La habitación permaneció inmóvil.

La luz de la tarde seguía apoyada sobre la pared.

Había una pequeña marca junto al interruptor.

Nunca la había visto.

O quizá sí.

No estaba seguro.

Me acerqué.

Era una marca insignificante.

Una mancha.

Una raspadura.

Algo que normalmente habría ignorado.

Sin embargo seguí observándola.

Pensé en Sade.

Pensé en sus personajes.

Siempre hay alguien de más.

Alguien cuya presencia resulta insoportable.

Alguien que ocupa espacio dentro de una fantasía que exige una soberanía absoluta.

Quizá por eso sus mundos terminan pareciendo tan vacíos.

No porque busquen placer.

Sino porque el placer acaba convirtiéndose en un proceso de eliminación.

Esto sobra.

Esto también.

Esto también.

Hasta que ya no queda nada.

O casi nada.

Me senté otra vez.

El silencio tenía algo extraño.

No era ausencia de sonido.

Era otra cosa.

La sensación de que la habitación estaba comprobando cuántas cosas podía perder sin dejar de ser una habitación.

La lámpara.

La silla.

Los libros.

Yo.

La idea apareció y desapareció tan rápido que no llegué a formularla del todo.

Pero dejó una huella.

Como una palabra olvidada.

Como un nombre que uno conoce y no consigue recordar.

Volví a mirar la marca junto al interruptor.

Tuve la impresión de que era ligeramente más grande.

Probablemente no lo era.

Pero no fui a comprobarlo.

Últimamente desconfío de ciertas comprobaciones.

Casi siempre empeoran las cosas.

Durante años pensé que el ego consistía en querer ocupar el centro.

Ahora sospecho que existe una forma más extrema.

No querer ser el centro.

Querer ser lo único.

Hay una diferencia importante.

El centro todavía necesita una periferia.

Lo único no necesita nada.

Ni admiración.

Ni reconocimiento.

Ni compañía.

Solo espacio vacío.

Eso fue lo que empecé a ver en Sade.

No una obsesión con el placer.

Sino una obsesión con la desaparición.

El placer aparecía muchas veces.

Pero parecía secundario.

Un instrumento.

Una herramienta.

Una manera de avanzar hacia otra cosa.

Hacia un paisaje cada vez más despejado.

Más silencioso.

Más despoblado.

Como si la verdadera excitación no proviniera del cuerpo.

Sino de la posibilidad de borrar obstáculos.

Personas.

Límites.

Consecuencias.

Testigos.

Todo aquello que recordara la existencia de algo distinto del propio deseo.

La habitación seguía allí.

La pared.

La marca.

La luz.

Sin embargo tuve una sensación incómoda.

La sensación de que la desaparición siempre comienza de forma modesta.

No con el mundo.

Con algo pequeño.

Un objeto.

Una costumbre.

Una voz.

Después otra.

Y otra.

Hasta que una tarde uno descubre que el silencio ya no parece una ausencia.

Parece una victoria.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Debería.

La base del cráneo está fría.

Miro la marca junto al interruptor.

Ahora parece más pequeña.

O quizá la pared es más grande.

No estoy seguro.

No me levanto para comprobarlo.

La última vez que comprobé algo encontré una nota.

No recuerdo haberla guardado.

Y sin embargo sigue apareciendo.

Siempre en lugares distintos.

Siempre con la misma frase.

Todavía queda demasiado mundo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…