No debería estar leyendo esto otra vez.
Eso fue lo primero que pensé cuando abrí la página.
La misma página.
La misma fotografía.
La misma discusión de personas hablando sobre dominación y sumisión como si estuvieran describiendo algo perfectamente normal.
La cerré.
Recuerdo haberla cerrado.
Me levanté para prepararme un café.
Cuando regresé al escritorio, estaba abierta otra vez.
Probablemente la había dejado abierta sin darme cuenta.
Eso pensé.
Lo extraño no fue encontrarla.
Lo extraño fue sentir alivio.
Como si una parte de mí hubiera esperado encontrarla allí.
Volví a leer.
No todo.
Solo algunos párrafos.
Luego miré la hora.
Después el historial.
Después la fotografía.
Después otra vez la fotografía.
No porque hubiera cambiado.
Porque necesitaba comprobar que seguía siendo la misma.
Hay algo vergonzoso en eso.
No en el contenido.
En la comprobación.
Hace dos semanas no sabía casi nada sobre este mundo.
Ahora encuentro términos que reconozco antes de recordar dónde los aprendí.
Palabras que me resultan familiares.
Escenas que parecen recuerdos aunque sé que no lo son.
A veces abro un artículo convencido de que nunca lo he leído.
Y mientras avanzo por la segunda página aparece una frase.
Entonces sé exactamente cuál será la siguiente.
No porque la esté leyendo.
Porque ya estaba esperándola.
Esa es la parte que no me gusta escribir.
La curiosidad era fácil de explicar.
La curiosidad es limpia.
Encuentras algo nuevo.
Quieres saber más.
Esto no se parece a eso.
Anoche abrí una pestaña para buscar una cosa concreta.
Terminé con diecisiete abiertas.
Las conté.
Luego volví a contarlas porque diecisiete me pareció un número exagerado.
Seguían siendo diecisiete.
No recuerdo haber abierto la mitad.
Hay un hueco entre la búsqueda inicial y el momento en que me descubrí leyendo experiencias de desconocidos a las dos de la mañana.
No sé cuándo ocurrió.
No encuentro el momento exacto.
La secuencia tiene una grieta.
Lo único que sé es que cada vez que creo haber llegado al límite de mi interés aparece una pregunta nueva.
Y la pregunta nunca trata sobre ellos.
Trata sobre mí.
Por qué sigo leyendo.
Por qué sigo comprobando.
Por qué una parte de mí parece decepcionada cuando encuentro una explicación racional.
Hoy intenté no abrir nada.
Dejé el teléfono boca abajo.
Apagué el ordenador.
Salí a caminar.
Todo perfectamente normal.
Pero durante el paseo seguí pensando en una frase que había leído por la mañana.
Ni siquiera era una frase importante.
Era una frase cualquiera.
Sin embargo regresó una vez.
Y otra.
Y otra.
Cuando volví a casa ya sabía que iba a buscarla.
Lo sabía antes de sentarme.
Lo sabía antes de encender la pantalla.
Y creo que eso es lo que más me avergüenza.
No la curiosidad.
No la excitación.
Ni siquiera la contradicción.
Sino la sensación de que algo dentro de mí ya había tomado la decisión unos minutos antes.
Como si yo siempre llegara después.
Acabo de cerrar la última pestaña.
He comprobado tres veces que está cerrada.
Estoy intentando no comprobar una cuarta.
El cuello debería…