Sade y el Fin del Mundo: La Autopsia de la Especie como Obra Final

Para el Marqués de Sade, el fin del mundo nunca pareció una catástrofe.

Eso fue lo primero que me inquietó.

Leí páginas enteras esperando encontrar horror, arrepentimiento o al menos algún tipo de duelo por la desaparición de las cosas.

No encontré nada de eso.

Encontré curiosidad.

Una curiosidad casi administrativa.

Como si la destrucción total fuera simplemente una consecuencia lógica de llevar ciertas ideas hasta el final.

Cerré el libro.

La habitación estaba en silencio.

Había polvo acumulado sobre el borde de la estantería. Una capa tan fina que solo podía verse cuando la luz de la tarde entraba en cierto ángulo.

No pensé en el fin del mundo.

Pensé en lo extraño que era seguir pensando en Sade.

Llevaba semanas leyéndolo.

Sabía más sobre su vida que sobre muchas personas reales.

Sabía de sus encarcelamientos.

De Charenton.

De los manuscritos escritos en espacios donde casi no quedaba nada excepto tiempo.

Y sin embargo cada dato parecía volverlo menos nítido.

No aparecía un hombre.

Aparecía una pregunta.

¿Por qué algunas ideas permanecen?

¿Por qué ciertas imágenes sobreviven incluso cuando uno desearía abandonarlas?

Durante mucho tiempo pensé que estaba intentando comprender a Sade.

Después entendí que era al revés.

Sade permanecía inmóvil.

Lo que cambiaba era la forma en que yo lo miraba.

A veces me sorprendía buscando fragmentos concretos que ya había leído.

No porque los hubiera olvidado.

Precisamente porque los recordaba demasiado bien.

Había algo vergonzoso en eso.

La sensación de regresar siempre al mismo lugar.

Como una lengua explorando una pequeña fisura en un diente.

No duele.

No resuelve nada.

Pero tampoco puede dejar de hacerlo.

Quizá por eso me obsesionó tanto su relación con el fin.

No porque hablara de la desaparición del mundo.

Sino porque parecía hablar de la desaparición de la importancia del mundo.

Son cosas distintas.

Muy distintas.

Una tarde encontré varios agujeros antiguos en la pared junto a la ventana.

Clavos que alguien había retirado años atrás.

Nada extraordinario.

Sin embargo me quedé observándolos durante varios minutos.

Pequeñas ausencias.

Pequeñas pruebas de algo que había estado allí y ya no estaba.

Pensé en Sade.

Pensé en su deseo de que su tumba desapareciera bajo la vegetación.

Pensé en la extraña contradicción de alguien que escribió para ser inolvidable y pidió ser borrado.

Y por primera vez tuve la sensación de que el verdadero tema nunca había sido el exceso.

Ni la crueldad.

Ni siquiera el deseo.

Era la desaparición.

La posibilidad de mirar algo durante tanto tiempo que acabara perdiendo sus contornos.

La posibilidad de seguir una idea hasta el punto donde deja de parecer una idea y empieza a parecer un paisaje.

La habitación seguía igual.

El polvo seguía suspendido en la luz.

Los agujeros seguían allí.

Pero algo había cambiado.

No en Sade.

En mí.

Y eso era lo que más me inquietaba.

No que quisiera seguir leyendo.

Sino que todavía creyera que unas páginas más podían ofrecer una explicación.

Como si existiera un párrafo concreto donde todo encajara.

Como si la respuesta estuviera siempre unas páginas más adelante.

Como si la siguiente página fuera a decirme cuándo empezó realmente todo esto.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…