Lo peor es que no me gusta admitirlo.
Ni siquiera aquí.
Ni siquiera cuando estoy solo.
Porque si alguien me preguntara qué es exactamente lo que busco, no tendría una respuesta que no sonara ridícula.
No quiero obedecer.
No quiero pertenecer a nadie.
No me gusta la idea de la sumisión.
Y sin embargo hay algo que ocurre cuando él aparece que vuelve inútiles todas esas explicaciones.
No es algo grande.
Nunca es algo grande.
Es siempre una tontería.
La manera en que se detiene unos segundos delante de una puerta antes de abrirla.
El gesto distraído con el que se remanga una camisa.
Detalles tan insignificantes que me avergüenza recordarlos.
Pero los recuerdo.
Los recuerdo mejor que cosas que ocurrieron ayer.
Y eso es lo que me preocupa.
Porque empiezo a olvidar conversaciones enteras.
Empiezo a olvidar nombres.
Empiezo a olvidar días completos.
Pero puedo reconstruir perfectamente el movimiento de sus manos durante una tarde cualquiera de hace meses.
No debería ser así.
Y sin embargo es así.
A veces pienso que la obsesión empezó el día que comprendí que él siempre parecía estar haciendo algo que yo no alcanzaba a ver.
No era misterio.
No era teatralidad.
Era peor.
Era natural.
Como si existiera una parte de su proceso que jamás estuviera destinada a mí.
Y cuanto más intentaba entenderla, más me quedaba fuera.
Entonces empecé a observar.
Primero por curiosidad.
Después por costumbre.
Después porque ya no sabía cómo dejar de hacerlo.
No observaba las cosas importantes.
Observaba las pequeñas.
La velocidad con la que giraba una página.
La pausa exacta antes de responder una pregunta.
La forma en que su atención desaparecía durante unos segundos cuando pensaba en otra cosa.
Nunca sabía qué era esa otra cosa.
Y todavía no lo sé.
Pero creo que ahí empezó todo.
En no saber.
En quedarme fuera.
En comprender que existía una distancia que jamás iba a cruzar.
Porque la obsesión no nace de lo que se entiende.
Nace de lo que permanece incompleto.
Y él siempre permanecía incompleto.
A veces conseguía algo.
Una mirada.
Una frase.
Algún pequeño ajuste invisible en la forma en que me hablaba.
Y durante unos minutos sentía que por fin me había acercado.
Que por fin estaba sincronizado.
Que había encontrado el ritmo correcto.
Entonces desaparecía otra vez.
Volvía a convertirse en alguien que estaba pensando algo que yo no podía alcanzar.
Y todo empezaba de nuevo.
Lo ridículo es que no quiero más.
O eso me digo.
No quiero amor.
No quiero aprobación.
No quiero posesión.
Lo único que quiero es permanecer delante de él cuando llegue al final de algo.
No sé qué es ese algo.
Nunca lo he sabido.
Pero existe.
Lo veo cuando levanta la vista después de estar concentrado durante horas.
Lo veo cuando una tensión abandona su cuerpo.
Lo veo cuando algo invisible termina de encajar.
Y siempre pienso lo mismo.
Siempre.
Ojalá pudiera quedarme ahí.
Justo ahí.
En ese instante.
Cuando ya no queda nada que ajustar.
Cuando el proceso ha terminado.
Cuando él ya no está buscando nada.
Y yo tampoco.
Porque sospecho que toda esta obsesión no trata de acercarme a él.
Trata de sobrevivir lo suficiente para ver cómo termina.
Y me avergüenza admitir que, si alguna vez llegara a comprenderlo por completo, probablemente dejaría de interesarme.
Porque lo que me mantiene aquí no es la respuesta.
Es el intervalo.
La distancia.
La parte de él que sigue siendo inaccesible.
La parte que todavía me obliga a mirar.
No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…