La carpeta no se llamaba «shibari».
Ni «cuerdas».
Ni ninguna palabra que hubiera esperado encontrar.
Se llamaba «inventario».
Dentro había otra carpeta llamada exactamente igual.
Y otra.
Y otra más.
La quinta contenía una sola fotografía.
La habitación.
La pared de cal.
La silla.
La misma taza abandonada junto al borde de la mesa.
Lo extraño no era la fotografía.
Lo extraño era recordar haberla visto.
Antes.
Mucho antes.
Abrí las propiedades.
La imagen había sido creada hacía cuatro días.
Yo conocía esa fotografía desde hacía meses.
O al menos eso creía.
Volví a abrirla.
Había algo apoyado sobre la silla.
Una cuerda.
No una cuerda completa.
Solo un fragmento.
Un trozo de fibra enrollado sobre sí mismo.
Nada especialmente llamativo.
Sin embargo seguí observándolo.
Había una sensación difícil de localizar.
Como reconocer una cara en una multitud.
Abrí otra imagen.
La cuerda ya no estaba.
La silla seguía allí.
La taza también.
La luz entraba por la misma ventana.
Pero la cuerda había desaparecido.
Pensé que se trataba de una secuencia.
No era una secuencia.
Las fechas estaban mezcladas.
Avancé.
Retrocedí.
Volví a comprobar.
No mejoró.
Encontré una captura de pantalla.
Mostraba la misma carpeta.
La misma fotografía.
La misma silla.
Pero había algo escrito encima con un marcador digital.
Una sola frase.
«No era para sujetarte.»
La observé durante varios segundos.
Después cerré la imagen.
Volví a abrirla.
La frase seguía allí.
Había empezado a notar algo.
Las notas ya no parecían dirigidas a mí.
Parecían discutir entre ellas.
Abrí otra captura.
Misma silla.
Misma pared.
Otra frase.
«Sí lo era.»
Me quedé inmóvil.
Era la primera vez que dos rastros no coincidían.
La contradicción permanecía abierta.
Como una puerta que nadie había terminado de cerrar.
Seguí buscando.
Encontré un archivo de texto.
No estaba vacío.
Contenía una lista.
Horas.
Fechas.
Duraciones.
Nada más.
Hasta la última línea.
«47 minutos.»
No recordaba qué significaban.
Lo extraño fue reconocer el número.
Sabía que ya lo había visto.
No recordaba dónde.
Continué bajando.
Otra carpeta.
Otra fotografía.
Esta vez aparecía la mesa.
Sobre la mesa había una nota doblada.
La amplié.
La imagen era borrosa.
Apenas podía leerse.
Solo distinguí tres palabras.
«Ya contaste.»
Nada más.
Ya contaste qué.
Ya contaste cuándo.
Ya contaste cuántas veces.
No lo decía.
Pero la frase me resultó incómodamente familiar.
Abrí el historial del ordenador.
Busqué el número.
47
Aparecía repetido.
Decenas de veces.
Cuarenta y siete minutos.
Cuarenta y siete archivos.
Cuarenta y siete capturas.
Cuarenta y siete búsquedas.
No entendía por qué.
Entonces encontré algo peor.
Una fotografía de la pantalla.
La había tomado yo.
Se veía claramente mi escritorio.
La carpeta abierta.
La misma que estaba mirando ahora.
La fotografía tenía más de un año.
Dentro de la fotografía había una nota adherida al monitor.
La amplié.
Tardé varios intentos en leerla.
Decía:
«La siguiente carpeta tampoco te sonará.»
Sentí un cansancio inmediato.
Porque ya sabía lo que iba a ocurrir.
Debajo de la fotografía había otra carpeta.
Nunca la había visto.
Y al mismo tiempo estaba seguro de haberla abierto antes.
Entré.
Solo había un archivo.
Un vídeo.
Duraba nueve segundos.
Lo reproduje.
La imagen mostraba la habitación.
La silla.
La pared.
La taza.
Nada se movía.
Durante ocho segundos no ocurrió absolutamente nada.
En el último segundo apareció una mano.
Solo una mano.
Entró en el encuadre.
Dejó una nota sobre la silla.
Y desapareció.
Puse pausa.
Amplié el fotograma.
Reconocí la letra.
Era mía.
La nota decía:
«No recuerdas esto todavía.»
Cerré el vídeo.
Lo abrí otra vez.
La frase seguía siendo la misma.
Lo inquietante no era el mensaje.
Lo inquietante era la palabra.
Todavía.
Como si la memoria no estuviera perdida.
Como si simplemente estuviera llegando tarde.
Me quedé mirando la pared.
Las grietas parecían idénticas.
La silla parecía idéntica.
La taza parecía idéntica.
La misma taza.
La misma luz.
La misma espera.
Entonces advertí algo.
No estaba pensando en mover el cuello.
Estaba intentando recordar si ya lo había movido.
Y por primera vez no conseguí decidir cuál de las dos cosas era peor.
No lo estoy moviendo…