Hay una hebra suelta dentro de la cuerda. La noto porque me roza siempre en el mismo punto, como si el cuerpo tuviera memoria de errores.
No sé en qué momento empecé a fijarme en eso.
Tal vez fue antes de darme cuenta de que ya no estaba respirando igual.
No falta aire. Eso sería demasiado simple.
Lo que falta es la forma en que el aire solía entrar sin ser pensado.
Ahora todo pasa por un sitio estrecho.
Y ese estrecho no se abre ni se cierra: insiste.
Me muevo un poco.
No por necesidad.
Por comprobar si sigo siendo yo quien inicia el movimiento.
No estoy seguro de la respuesta.
El gesto ocurre, pero llega tarde, como si el cuerpo tuviera que “traducirse” antes de obedecer.
Es una idea ridícula, pero la acepto sin discutirla.
Hay algo debajo del esternón que empieza a volverse demasiado evidente.
No es presión exactamente.
Es una atención excesiva.
Como cuando estás en una cocina ajena y no sabes dónde dejar las manos.
Y las manos estorban.
Me descubro pensando en cosas inútiles: una cuchara metálica golpeando un vaso, una luz del pasillo que nunca se apaga del todo, una mancha en la pared con forma de mapa.
Todo eso se cuela.
Y lo más extraño es que funciona.
Me saca del centro durante un segundo.
Pero el centro vuelve.
Siempre vuelve.
No como un lugar.
Como una costumbre.
Debería…