El Vértice de la Isquemia: Pinzas de Tensión Mucosa y el Mecanismo de la Pulsación Mineral

Abrí el historial para comprobar una fecha.

No encontré la fecha.

Encontré una carpeta.

No recordaba haberla creado.

Se llamaba «temporal».

Nada más.

Ni números.

Ni etiquetas.

Ni contexto.

La abrí.

Dentro había diecisiete capturas.

La más antigua tenía nueve meses.

La más reciente era de la semana pasada.

Las observé una por una.

Al principio pensé que eran imágenes distintas.

Después empecé a sospechar que estaba mirando la misma cosa.

No exactamente la misma.

Algo cambiaba.

O quizá era yo.

No conseguía decidirlo.

Volví a la primera captura.

Después a la tercera.

Después a la undécima.

Cuando llegué al final ya no recordaba qué estaba intentando comprobar.

Solo sabía que seguía avanzando.

Había una nota en la misma carpeta.

Un archivo de texto.

Una sola línea.

«Ya habías llegado aquí.»

La leí dos veces.

Después una tercera.

Esperaba encontrar alguna ironía.

Alguna explicación.

Algo que indicara que se trataba de una broma olvidada.

No encontré nada.

La frase seguía allí.

Inmóvil.

Esperando.

Cerré la carpeta.

Fui a la cocina.

La taza seguía sobre la encimera.

El café estaba frío.

Me quedé mirándolo demasiado tiempo.

Porque durante unos segundos tuve la sensación de haber hecho exactamente lo mismo antes.

No de forma parecida.

Exactamente igual.

La misma taza.

La misma luz.

La misma espera inexplicable.

Volví al ordenador.

No porque quisiera.

Porque ya estaba pensando en la carpeta.

Busqué la fecha de creación.

No coincidía con lo que recordaba.

La carpeta existía antes de la búsqueda que supuestamente la había originado.

Me quedé observando la pantalla.

Intentando ordenar algo que no terminaba de encajar.

Entonces encontré otro archivo.

Una nota más antigua.

Reconocí mi letra inmediatamente.

Lo extraño fue otra cosa.

Había una expresión que nunca utilizo.

O eso creo.

La nota decía:

«No vuelvas a buscar la primera vez.»

Nada más.

Ninguna explicación.

Ninguna firma.

Ningún contexto.

Durante varios minutos no hice nada.

Solo permanecí sentado.

Mirando la frase.

Intentando recordar cuándo la había escrito.

Intentando recordar por qué.

Intentando recordar si realmente la había escrito yo.

Abrí otra captura.

Después otra.

Después otra.

En una de ellas aparecía una ventana del navegador.

Una esquina apenas visible.

Un detalle insignificante.

Hasta que vi la fecha.

Era posterior a una imagen que llevaba meses guardada.

Eso no tenía sentido.

La secuencia estaba invertida.

O mis recuerdos lo estaban.

Intenté reconstruir el orden.

No pude.

Cada archivo parecía asumir que ya conocía algo que todavía no recordaba.

La sensación empezó entonces.

No una emoción.

No exactamente.

Más bien una presión leve.

Como cuando intentas recordar una palabra y la palabra permanece justo fuera de alcance.

Creo que llevo varios minutos pensando en mover el cuello.

No estoy seguro.

Tal vez ya lo moví.

Tal vez no.

Busqué otra nota.

No sé por qué esperaba encontrar una.

Pero estaba allí.

Escondida dentro de una carpeta que tampoco recordaba haber creado.

Solo tenía una línea.

«Ya moviste el cuello.»

La pantalla permaneció abierta.

La taza seguía fría.

La carpeta seguía existiendo.

Y por primera vez no me pregunté qué estaba buscando.

Me pregunté cuánto tiempo llevaba encontrándolo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…