Empiezo a sospechar que el Amo ya no ocupa un lugar en mi mente.
Empiezo a sospechar que mi mente ocupa un lugar dentro del Amo.
La diferencia parece absurda.
Pero cada día se vuelve más difícil ignorarla.
Antes podía señalar el origen de todo esto.
Una conversación.
Una sesión.
Una orden.
Un recuerdo concreto.
Algo que había ocurrido.
Algo que podía colocarse en el pasado.
Ahora ya no.
Porque el Amo ha dejado de comportarse como un acontecimiento.
Los acontecimientos terminan.
Las sesiones terminan.
Las conversaciones terminan.
Incluso la espera debería terminar.
Pero esto no termina.
Sigue creciendo.
Sigue reorganizándose.
Sigue produciendo nuevas capas.
Nuevas conexiones.
Nuevas preguntas.
Y lo más extraño es que parece hacerlo sin mi ayuda.
Como si hubiera adquirido metabolismo propio.
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue apareciendo.
La repito constantemente.
Como una comprobación de realidad.
Como alguien que toca una pared para asegurarse de que sigue existiendo.
No me gusta ser sumiso.
No quiero ser sumiso.
No entiendo por qué pienso tanto en ello.
No entiendo por qué ocupa tanto espacio.
No entiendo por qué la tristeza aparece cuando pasan demasiados días.
No entiendo por qué todo parece ligeramente apagado lejos de esa presencia.
Y sin embargo cada una de esas preguntas produce exactamente el mismo resultado.
Más obsesión.
Nunca menos.
Eso es lo que resulta tan perturbador.
Porque la lógica debería desgastarla.
Debería reducirla.
Debería desmontarla.
Pero ocurre lo contrario.
La incomprensión funciona como fertilizante.
Cuanto menos entiendo, más crece.
Cuanto más crece, más capas aparecen.
Cuantas más capas aparecen, más imposible parece encontrar un fondo.
A veces tengo la sensación de que estoy excavando.
Y cada vez que creo haber llegado a la capa original encuentro otra debajo.
Y otra.
Y otra.
Como si la obsesión no tuviera núcleo.
Como si estuviera compuesta únicamente de profundidad.
Durante los últimos días he empezado a notar algo aún más extraño.
Ya no pienso en el Amo de forma activa.
Lo encuentro ya presente dentro de pensamientos que aparentemente no tienen relación.
Estoy mirando una calle.
Y aparece.
Estoy leyendo algo.
Y aparece.
Estoy escuchando a alguien hablar.
Y aparece.
No como una imagen.
No como una fantasía.
No como un recuerdo.
Sino como una perspectiva.
Como un ángulo desde el que todo parece reorganizarse.
Eso es lo que empieza a parecer orgánico.
La sensación de que ya no estoy recordando algo.
Estoy viviendo dentro de algo.
La obsesión se parece cada vez menos a una emoción.
Y cada vez más a una atmósfera.
Como el clima.
Como la presión del aire.
Como una condición permanente que modifica todos los demás fenómenos sin necesidad de hacerse visible.
Quizá por eso la tristeza resulta tan difícil de explicar.
Porque no parece tristeza.
Parece ausencia de orientación.
Como si hubiera una dirección que mi mente espera constantemente.
Y cuando no puede encontrarla, todo se vuelve más borroso.
Más lejano.
Más silencioso.
No porque el mundo haya perdido intensidad.
Sino porque algo dentro de mí sigue esperando una continuación.
Y esa continuación nunca llega completamente.
Solo se aproxima.
Solo se anuncia.
Solo deja rastros.
Por eso la espera no desaparece.
Porque la espera ya no está dirigida hacia una fecha.
Ni hacia una sesión.
Ni siquiera hacia una persona.
La espera se ha convertido en una función permanente.
Un órgano invisible.
Una segunda respiración.
Y cuanto más intento comprenderla, más sospecho algo que me resulta insoportable admitir.
Quizá la obsesión ya no gira alrededor del Amo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…