Lo que más me avergüenza no es la obsesión.
Es que sigo intentando discutir con ella.
Todavía.
Después de tanto tiempo.
Todavía me siento delante de mí mismo como si fuera posible ganar una conversación que claramente ya he perdido.
Intento razonar.
Intento analizar.
Intento explicar.
Intento reducir todo a una cadena lógica de causas y efectos.
Y durante unos minutos parece funcionar.
Durante unos minutos creo que estoy recuperando terreno.
Entonces aparece otra vez.
No como una imagen.
No como un deseo.
No como una fantasía.
Aparece como una dirección.
Como una orientación invisible.
Como la sensación de que toda mi atención sigue apuntando hacia el mismo lugar aunque yo esté mirando hacia otra parte.
Eso es lo que me resulta insoportable.
Porque no me gusta.
O al menos sigo diciéndome que no me gusta.
Repito que no quiero estar ahí.
Repito que no quiero pensar en ello.
Repito que no quiero convertirme en alguien que gira alrededor de la misma idea durante meses.
Y mientras lo repito, la idea sigue creciendo.
No porque la alimente.
Sino porque parece alimentarse de mi resistencia.
Cuanto más intento entenderlo, menos lo entiendo.
Cuanto menos lo entiendo, más espacio ocupa.
Cuanto más espacio ocupa, más difícil resulta pensar en cualquier otra cosa.
Y cuanto más difícil resulta pensar en cualquier otra cosa, más vergüenza siento.
Porque sigo observando cómo ocurre.
Y sigo siendo incapaz de detenerlo.
Hay algo particularmente humillante en descubrir que el tiempo no está solucionando nada.
Se supone que el tiempo debería desgastar las cosas.
Debería volverlas borrosas.
Debería erosionarlas.
Pero aquí sucede lo contrario.
El tiempo no borra.
El tiempo compacta.
El tiempo organiza.
El tiempo convierte una fijación en una estructura.
A veces intento recordar cuándo empezó.
No puedo.
O quizá sí puedo y simplemente no quiero admitirlo.
Porque admitirlo implicaría reconocer cuánto espacio ha ocupado.
Cuántas conversaciones.
Cuántas horas.
Cuántos pensamientos aparentemente normales que terminaban girando lentamente hacia el mismo centro.
Y entonces aparece la parte que menos me gusta admitir.
La parte que nunca encaja dentro de ninguna explicación razonable.
La sensación de permanecer.
La sensación de esperar.
No un acontecimiento concreto.
No una acción.
No una resolución.
Solo esperar.
Como si una parte de mí continuara ajustándose silenciosamente a algo que no termina de llegar.
Como si la espera se hubiera convertido en una actividad permanente.
Eso debería reducir la excitación.
Debería agotarla.
Debería volverla absurda.
Y sin embargo ocurre exactamente lo contrario.
La excitación ya no aparece a pesar de la contradicción.
Aparece dentro de la contradicción.
Crece junto a ella.
Se alimenta de ella.
Cuanto más imposible parece entenderla, más intensa se vuelve.
Y quizá eso sea lo que más vergüenza produce.
No la obsesión.
No la fijación.
No la permanencia.
Sino descubrir que una parte de mí sigue regresando.
Incluso cuando ya ha decidido marcharse.
Incluso cuando ya ha decidido olvidar.
Incluso cuando ya ha decidido que no quiere seguir ahí.
Porque hay decisiones que terminan.
Y hay cosas que simplemente permanecen.
Y la permanencia nunca parece tener prisa.
No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…