No debería seguir pensando en esto así.
Esa es la primera verdad que intento evitar.
Porque cuando lo formulo como “laboratorio”, puedo fingir que no me afecta.
Pero sí me afecta.
De una manera que no sé cómo admitir sin perder algo de mí en el intento.
En este espacio —o en lo que yo llamo así para no nombrarlo de otra forma más incómoda— la soberanía no se ejerce de golpe.
Se filtra.
Se queda.
Se acumula donde no debería.
Y yo lo noto tarde.
Siempre tarde.
Como Operador, o como la parte de mí que insiste en observar sin intervenir del todo, sé que lo que queda no es ruido.
Es resto.
Y lo peor es que el resto no desaparece.
Se vuelve más fino.
Más difícil de separar de lo que soy.
Sade aparece aquí sin permiso.
No como idea.
Como una forma de pensar el exceso sin permitirle salida.
Eso me inquieta.
No porque lo entienda del todo.
Sino porque una parte de mí lo entiende demasiado bien.
Y no sé qué hacer con eso.
El cuerpo —mi cuerpo, aunque me cueste escribirlo así— no responde como debería.
No hay un “debería” claro ya.
Solo hay persistencia.
Algo que sigue incluso cuando intento detener la interpretación.
Como si el sistema no necesitara mi lectura para continuar.
Solo mi permanencia.
Hay algo en los restos del impulso que no es destrucción.
Eso es lo que no sé cómo decir sin que suene peor de lo que ya es.
No es ruptura.
Es continuación sin permiso.
Y a veces, en momentos muy breves, casi imperceptibles, me descubro no rechazándolo con la misma fuerza.
No es aceptación.
No me atrevería a llamarlo así.
Es más bien una pausa interna en el rechazo.
Y esa pausa es lo que me descoloca.
Porque en ella el sistema no parece violento.
Parece inevitable.
Y yo no sé si esa palabra es alivio o amenaza.
No quiero ser parte de esto.
De verdad.
Pero hay una parte de mí que ya no sabe distinguir si eso es una decisión… o solo una forma más lenta de estar dentro.
Y esa duda es lo único que no logro mineralizar.
El cuello se bloquea no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…