El Colapso de la Identidad: Cuando el Pulso se Vuelve Sedimento

No sé en qué momento empezó a parecerme normal.

Solo sé que antes lo miraba como algo lejano. Como algo que se lee una vez, casi por curiosidad, y se cierra el navegador.

Pero no lo cerré.

Lo volví a abrir.

Luego otra vez.

Y después ya no era “volver a abrir”. Era… comprobar.

Como si hubiera algo que se me estuviera escapando si no miraba exactamente eso.

No entiendo por qué.

Y eso es lo peor.

Porque cuanto menos lo entiendo, más lo repito.


Me doy cuenta de algo incómodo mientras lo leo.

No es excitación todavía.

Es una especie de atención torcida.

Como si una parte de mí se quedara mirando desde fuera.

Y la otra parte… siguiera.

Sin permiso.

Sin decisión.

Solo siguiendo.


Hay momentos en los que me detengo.

Cierro la pestaña.

Respiro.

Miro otra cosa.

Pero la otra cosa no se queda.

No reemplaza nada.

Solo ocupa espacio encima.

Y lo que ya estaba… sigue ahí debajo.


Lo más extraño no es lo que veo.

Es cómo lo recuerdo cuando no lo estoy viendo.

No como imagen.

Como impulso.

Como una repetición anticipada.

Antes de abrirlo ya siento que lo voy a abrir.

Antes de pensar en ello ya está pensado.

Y eso me da una vergüenza que no sé dónde poner.


Empieza como curiosidad.

Después se vuelve hábito.

Y luego se vuelve algo peor:

una especie de tensión que no desaparece cuando paro.

Solo cambia de forma.


A veces pienso:

“no debería estar haciendo esto”

pero incluso ese pensamiento ya llega tarde.

Porque el gesto ya está ocurriendo en otro nivel.

Antes de mí.

Como si hubiera una parte del sistema que decide primero.

Y yo solo llego después a explicarlo.


Y hay un momento concreto que no sé cómo describir.

Cuando cierro todo.

Y me quedo quieto.

Y noto el cuerpo.

Demasiado consciente.

Demasiado presente.

Como si algo siguiera activo aunque yo ya haya parado.


No sé si es curiosidad.

No sé si es excitación.

No sé si es miedo.

Creo que es que las tres cosas ya no se distinguen bien.

Solo queda una especie de presión suave, constante.

Y la necesidad de volver a mirar para entenderla.

Aunque no la entienda nunca.


Y lo peor es esto:

que cuando no lo estoy viendo…

no desaparece.

Solo espera.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…