Sade y la Inscripción de la Uña como Mecanismo de Erosión Sistémica

Las uñas empezaron a llamar mi atención mucho antes de que entendiera por qué.

Parece absurdo decirlo ahora.

Había leído al Marqués de Sade durante semanas. Había buscado comentarios, ensayos, discusiones interminables sobre poder, entrega y deseo. Pero, de alguna forma, terminé obsesionándome con algo mucho más pequeño.

Una mano.

Una uña recorriendo una superficie.

Un gesto mínimo.

Nada espectacular.

Y sin embargo no podía dejar de pensar en ello.

Eso era lo que me avergonzaba.

No la imagen en sí.

La insistencia.

La manera en que regresaba una y otra vez cuando intentaba concentrarme en cualquier otra cosa.

A veces cerraba el libro.

Miraba alrededor de la habitación.

El escritorio.

La lámpara.

El polvo suspendido en la luz amarillenta.

Los pequeños agujeros de clavos antiguos en la pared.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Y entonces aquella idea volvía.

¿Por qué me interesaba tanto?

¿Por qué un detalle tan insignificante parecía contener algo que yo todavía no era capaz de nombrar?

Sade hablaba de excesos.

De sistemas enteros construidos alrededor del deseo.

Pero lo que me perseguía no era la magnitud.

Era la precisión.

La posibilidad de que un gesto diminuto pudiera significar más de lo que parecía.

Recuerdo pasar la yema de mis dedos sobre una grieta fina junto a la ventana.

La pintura estaba áspera.

El borde era irregular.

Nada especial.

Aun así me quedé allí.

Pensando.

Como si aquella pequeña imperfección tuviera alguna relación con algo que estaba ocurriendo dentro de mí.

Y quizá la tenía.

Porque cuanto más leía, menos sentía que estaba aprendiendo sobre otras personas.

Empezaba a sospechar que estaba aprendiendo sobre mí.

Eso era lo incómodo.

Eso era lo que intentaba evitar.

No quería convertirme en alguien fascinado por esas ideas.

No quería reconocer la curiosidad.

Mucho menos la emoción que la acompañaba.

Pero cada página parecía abrir una rendija nueva.

Muy pequeña.

Suficiente para que algo pasara.

Suficiente para que una parte de mí avanzara mientras el resto seguía inmóvil.

La habitación permanecía en silencio.

El polvo seguía flotando.

La grieta seguía donde siempre había estado.

Y yo seguía leyendo.

Cada vez más despacio.

Como quien sospecha que la siguiente página contiene algo que preferiría no descubrir.

Y que, precisamente por eso, necesita leerla.

Durante un instante aparté la vista de la página.

La habitación seguía exactamente igual.

La misma lámpara.

El mismo polvo suspendido.

Las mismas grietas.

Nada había cambiado.

Y aun así tuve la incómoda sensación de que algo acababa de desplazarse unos milímetros dentro de mí.

No una decisión.

No una revelación.

Algo más pequeño.

Algo que todavía podía fingir no haber visto.

Volví a leer la última línea.

Luego otra vez.

Solo para asegurarme.

La curiosidad ya no parecía venir de las páginas.

Parecía estar esperando detrás de ellas.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil de la falange se detiene el registro llega al cero absoluto debería…