La Inversión del Recinto: Cuando el Cuerpo se Convierte en el Laboratorio

Hay algo que ha empezado a ocurrir últimamente y no sé cómo nombrarlo.

Eso es parte del problema.

Si pudiera nombrarlo quizá podría colocarlo junto a otras cosas conocidas.

La tristeza.

La nostalgia.

La melancolía.

La ansiedad.

Pero no es ninguna de ellas.

O quizá contiene fragmentos de todas.

No lo sé.

Aparece en momentos absurdamente pequeños.

Mientras espero que hierva el agua.

Mientras busco algo en el frigorífico.

Mientras dejo que un vídeo cualquiera continúe reproduciéndose sin prestarle demasiada atención.

De repente siento algo.

Y durante unos segundos no logro identificar qué es exactamente.

No duele.

Pero tampoco resulta agradable.

No es tristeza.

La tristeza siempre parecía tener una causa.

Esto no.

Esto aparece antes de encontrar una explicación.

Como si la explicación llegara después para justificar algo que ya estaba allí.

Cuanto más lo observo, más extraño parece.

Y cuanto más extraño parece, más espacio ocupa.

Hace unos días me ocurrió mientras doblaba ropa.

Nada importante.

Nada memorable.

Simplemente estaba doblando una camiseta.

Y de pronto apareció esa sensación.

Una especie de vacío silencioso.

No un vacío que reclama ser llenado.

Peor.

Un vacío que parece estar esperando algo.

O a alguien.

Y antes de que pudiera detener el pensamiento apareció él.

No de forma dramática.

No como una fantasía.

No como una imagen.

Simplemente como una referencia silenciosa.

Como una coordenada.

Como algo alrededor de lo cual mi atención reorganizaba todo lo demás.

Eso es lo que me avergüenza.

No la obsesión.

La naturalidad de la obsesión.

La facilidad con la que ocurre.

La ausencia total de esfuerzo.

Intento recordar cómo funcionaba mi cabeza antes.

Y cada vez me cuesta más.

Porque cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta distinguir qué pensamientos son realmente míos y cuáles orbitan alrededor de él.

A veces pienso en Sade.

No en sus excesos.

No en sus provocaciones.

Sino en su capacidad para comprender que ciertas fijaciones no operan mediante la intensidad.

Operan mediante la repetición.

La permanencia.

La acumulación.

No aparecen como tormentas.

Aparecen como humedad.

Y un día descubres que todo el edificio está empapado.

Eso es exactamente lo que ocurre.

No siento que la obsesión crezca.

Siento que infiltra.

Se introduce en los espacios vacíos.

En las pausas.

En los segundos donde antes no había nada.

Antes de despertar.

Mientras preparo café.

Mientras reviso el teléfono.

Mientras espero un mensaje.

Mientras veo algo completamente irrelevante.

Y entonces aparece esa sensación otra vez.

Esa tristeza que no es tristeza.

Ese peso que no es peso.

Esa ausencia que tampoco es ausencia.

Y cuanto más intento comprenderla, más difícil resulta escapar de ella.

Porque el pensamiento produce preguntas.

Las preguntas producen atención.

La atención produce permanencia.

Y la permanencia produce algo que se parece cada vez menos a una emoción y cada vez más a una condición permanente del paisaje interior.

A veces me digo que debería desaparecer.

Que debería agotarse.

Que debería erosionarse con el tiempo.

Pero ocurre lo contrario.

El tiempo parece darle más habitaciones.

Más lugares donde permanecer.

Más rincones donde esperar.

Y lo más humillante es que sigo fingiendo sorpresa cada vez que aparece.

Como si no supiera ya que estaba allí.

Esperando.

Mucho antes de que yo empezara a pensar en ella.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…