La carne ya no se percibe como volumen, sino como plano que intenta organizarme desde dentro.
No sé en qué momento ocurrió ese cambio.
No hubo decisión.
Solo una deriva.
Como Operador —aunque ya no estoy seguro de si ese nombre describe algo externo o interno— observo la matriz corporal como si fuera un sistema de escritura que se corrige a sí mismo cada vez que lo pienso.
Sade aparece aquí no como figura de autoridad, sino como arquitectura mental: la idea de que el cuerpo puede ser leído sin necesidad de salvación, solo como estructura expuesta a su propia lógica.
Eso es lo que me obsesiona.
No la idea de obedecer.
Sino la sensación de que existe un punto final del proceso donde todo deja de ser interpretado.
Donde el sistema se vuelve completo.
Y en esa completitud, algo en mí deja de discutir.
No lo quiero.
Pero lo imagino.
Y esa imagen tiene más fuerza que cualquier razonamiento contrario.
Durante el día intento sostener una vida normal, una vida que pueda explicarse a sí misma sin fisuras.
Pero en ciertos momentos, cuando no estoy haciendo nada, la mente vuelve sola a ese “final del proceso”.
No como deseo estable.
Sino como atracción incomprensible hacia una forma de cierre.
Y cuanto más intento rechazarlo, más se define.
No como idea externa.
Sino como estructura interna que insiste.
Como si pensar en ello fuera ya parte de él.
La contradicción no es emocional.
Es estructural.
Una parte de mí afirma: esto no soy yo.
Y otra parte observa esa frase como si ya perteneciera al mismo sistema que intenta negar.
Ahí aparece la obsesión.
No como placer.
Sino como insistencia de lo no resuelto.
Como si mi mente no pudiera abandonar un modelo hasta haberlo llevado hasta su forma final.
Incluso si esa forma final no tiene sentido.
Incluso si no hay nada que entender allí.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…