No creo que mi problema sea la sumisión.
Si lo fuera, sería más sencillo.
Podría rechazarla.
Podría aceptarla.
Podría discutirla.
Podría colocarla en alguna categoría reconocible y seguir adelante.
Pero no ocurre así.
Lo que me preocupa es otra cosa.
La manera en que todo parece haber cambiado de tamaño.
Desde la última sesión hay momentos en los que camino por la calle y tengo la sensación extraña de que algo importante falta de la imagen.
No sé qué es.
Los edificios siguen ahí.
La gente sigue ahí.
El tráfico sigue ahí.
Nada ha desaparecido.
Y sin embargo algo parece haberse retirado silenciosamente del mundo.
Como si una capa de significado hubiera sido arrancada durante la noche.
No me gusta ser sumiso.
Sigo pensándolo.
La frase sigue apareciendo con la misma claridad.
Pero ya no produce el mismo efecto.
Antes parecía una conclusión.
Ahora parece una pregunta.
Porque cuanto más la repito, menos explica.
Y cuanto menos explica, más tiempo paso pensando en ella.
Y cuanto más tiempo paso pensando en ella, más espacio ocupa el Amo.
No porque lo admire.
No porque lo idealice.
No porque quiera convertirme en otra persona.
Simplemente porque no logro resolver la contradicción.
Hay días en que intento concentrarme en otra cosa.
Leer.
Trabajar.
Ver una película.
Hablar con alguien.
Y todo funciona durante un rato.
Luego aparece una grieta.
Un momento de silencio.
Un espacio vacío entre dos pensamientos.
Y allí vuelve.
No la sesión.
No un recuerdo concreto.
No una imagen.
La espera.
Siempre la espera.
La idea de que algo sigue incompleto.
De que el proceso aún no ha terminado.
De que existe una conversación que continúa desarrollándose en algún lugar al que no tengo acceso.
Y esa sensación me acompaña durante horas.
A veces me descubro mirando objetos sin motivo.
Una taza.
Una puerta.
Una esquina de la habitación.
Y de repente noto que llevo varios minutos pensando exactamente en lo mismo.
¿Cuándo será la próxima vez?
No entiendo por qué esa pregunta tiene tanta fuerza.
Racionalmente debería ser irrelevante.
Emocionalmente parece enorme.
Y esa diferencia es precisamente lo que me obsesiona.
Porque sigo esperando encontrar una explicación definitiva.
Una capa final.
Una respuesta.
Algo que me permita decir: aquí está el motivo.
Aquí termina el problema.
Pero nunca ocurre.
Cada explicación se convierte en una puerta.
Y detrás de cada puerta hay otra habitación.
Y en cada habitación encuentro una versión ligeramente distinta de la misma pregunta.
Empiezo a sospechar que la obsesión no crece porque encuentre respuestas.
Crece porque no las encuentra.
Porque permanece abierta.
Porque se niega a cerrarse.
Porque cada día añade una nueva capa de significado a algo que debería haberse vuelto más simple.
Y sin embargo ocurre lo contrario.
Cada vez parece más complejo.
Más profundo.
Más presente.
Más difícil de ignorar.
A veces pienso que la tristeza viene de ahí.
No de la ausencia.
No de la distancia.
Sino de descubrir que una parte de mí sigue esperando algo que otra parte de mí no quiere esperar.
Y ambas parecen incapaces de convencer a la otra.
Así pasan los días.
Una mitad intentando comprender.
La otra mitad intentando dejar de comprender.
Y en medio de las dos, creciendo lentamente, está la obsesión.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…