Lo inquietante ya no es la obediencia.
Ni la espera.
Ni siquiera la ausencia.
Durante mucho tiempo pensé que el problema consistía en echar de menos algo.
Después pensé que consistía en necesitar algo.
Ahora ya no estoy seguro de que ninguna de esas palabras describa lo que ocurre.
Porque la sensación ha cambiado de forma.
Se ha vuelto más difícil de señalar.
Más difícil de explicar.
Más difícil de localizar dentro de mí.
Lo que me preocupa ya no es que falte una persona.
Es que empieza a faltar una estructura de interpretación.
No es «quiero volver».
No es «necesito que ocurra otra vez».
Es algo mucho más incómodo.
Más vergonzoso.
Más íntimo.
Hay momentos normales.
Momentos perfectamente normales.
Estoy sentado frente a alguien.
Conversamos.
Comemos.
Nos reímos de algo.
Durante unos segundos todo parece funcionar.
Y entonces aparece la grieta.
No una emoción.
No un recuerdo.
Una grieta.
La sensación repentina de que hay una pieza invisible que antes ayudaba a organizar la experiencia y que ahora no está.
No sé qué hacía exactamente.
No sé dónde estaba.
No sé cómo describirla.
Solo sé que el mundo parecía encajar de forma distinta cuando esa pieza existía.
Y ahora no consigo reconstruir el mecanismo.
Intento recordar cómo pensaba antes.
No puedo.
Intento recordar cómo evaluaba las cosas.
No puedo.
Intento recordar qué significaba simplemente vivir un día sin esta referencia.
Y ahí es donde aparece el verdadero miedo.
Porque descubro que no recuerdo la respuesta.
No de forma completa.
No de forma fiable.
Hay huecos.
Vacíos.
Zonas enteras que parecen haber sido borradas por desgaste.
Como mapas antiguos donde ciertas regiones desaparecen bajo capas sucesivas de tinta.
La ausencia deja de parecer emocional.
Empieza a parecer arquitectónica.
Como si alguien hubiera retirado discretamente una columna de carga.
El edificio sigue en pie.
Todo sigue funcionando.
Pero algo distribuye mal el peso.
Algo cruje.
Algo trabaja más de lo que debería.
Algo está sosteniendo una carga para la que nunca fue diseñado.
Y no sé qué es.
Eso es lo peor.
No saber qué falta.
No saber qué sostenía.
No saber si realmente existió.
A veces pienso que exagero.
Que todo esto es una construcción mental.
Que estoy convirtiendo una obsesión en una cosmología.
Y durante unos minutos esa explicación parece razonable.
Después intento regresar a la normalidad.
Y aparece el mismo problema.
No el deseo.
No la fantasía.
La desorientación.
La sensación de que falta una coordenada.
Como si alguien hubiera eliminado discretamente el norte de todas las brújulas.
Todavía puedes caminar.
Todavía puedes avanzar.
Todavía puedes elegir direcciones.
Pero algo fundamental ha desaparecido del sistema de navegación.
Y cada movimiento se vuelve ligeramente sospechoso.
Ligeramente incorrecto.
Ligeramente artificial.
Empiezo a preguntarme si la obsesión ya no consiste en acercarme a una persona.
Quizá tampoco consiste en repetir una experiencia.
Quizá consiste en intentar recuperar un lenguaje.
Un lenguaje que organizaba la realidad de una determinada manera.
Un lenguaje que ahora solo existe como eco.
Fragmentos.
Restos.
Sílabas.
Estructuras incompletas.
Porque cuando intento recordar cómo era el mundo antes de que apareciera esa referencia encuentro algo inquietante.
No encuentro libertad.
No encuentro independencia.
No encuentro alivio.
Encuentro niebla.
Y cuanto más intento atravesarla.
Más evidente resulta que ya no sé dónde terminaba.
Ni dónde empezaba.
No puedo mover el cuello…