La Digestión del Mando: El Laboratorio como Metabolismo Soberano

Hay algo que me avergüenza más de lo que debería.

No ocurre durante la noche.

No ocurre cuando estoy solo.

Ocurre cuando estoy sentado frente a otra persona.

Hoy estaba comiendo con un compañero de trabajo.

No es amigo.

No es enemigo.

Es simplemente alguien que existe cerca de mí ocho horas al día.

Hablaba de algo completamente normal.

Una avería en el coche.

Un descuento en un supermercado.

Un programa que vio el fin de semana.

Yo asentía.

Incluso respondía.

Las palabras correctas aparecían en el orden correcto.

Desde fuera parecía una conversación.

Por dentro era otra cosa.

Porque en algún momento vi cómo levantaba el tenedor.

Y no sé por qué.

No existe ninguna razón.

Pero pensé en el Amo.

No en una escena.

No en una orden.

Simplemente en él.

Como una interrupción mínima.

Como una pequeña grieta apareciendo en una pared perfectamente pintada.

Intenté seguir escuchando.

Mi compañero continuó hablando.

Yo continué asintiendo.

Pero algo ya se había desplazado.

La conversación seguía delante de mí.

La atención no.

Y eso es lo vergonzoso.

No la obsesión.

La inutilidad de la obsesión.

Porque ni siquiera era un recuerdo importante.

No había ninguna conexión lógica.

Ninguna asociación brillante.

Nada.

Simplemente apareció.

Como aparece una palabra olvidada.

Como aparece una canción que no has escuchado en años.

El Amo permanecía.

Mientras alguien explicaba el precio de unas ruedas nuevas.

Mientras alguien hablaba del tiempo.

Mientras alguien se quejaba del tráfico.

El Amo permanecía.

Y cuanto más intentaba expulsar la idea, más espacio ocupaba.

No más intensidad.

Más espacio.

Es diferente.

La intensidad puede soportarse.

El espacio no.

Porque termina rodeándolo todo.

Incluso las cosas pequeñas.

Especialmente las cosas pequeñas.

Miré una servilleta doblada junto a la bandeja.

Y recordé la forma exacta en que una vez sostuvo un libro.

No el contenido.

No la conversación.

Solo la posición de los dedos.

Eso fue todo.

Y aun así permaneció.

Entonces apareció algo todavía peor.

Una tristeza extraña.

Aunque no sé si «tristeza» sigue siendo la palabra correcta.

La tristeza antigua tenía una causa.

Tenía dirección.

Tenía argumento.

Esto no.

Esto es diferente.

Se parece más a quedarse mirando una ventana durante demasiado tiempo sin saber por qué.

O a entrar en una habitación y olvidar qué ibas a buscar.

O a descubrir que llevas diez minutos observando una cucharilla sobre una mesa.

No duele exactamente.

No consuela exactamente.

Simplemente ocupa.

Y cuanto más intento describirlo, menos se parece a una emoción.

Parece una presencia.

Una presencia silenciosa.

Persistente.

Educada.

Terriblemente educada.

Porque no exige atención.

No la necesita.

Sabe que terminará obteniéndola.

Mi compañero terminó de comer antes que yo.

Recogió la bandeja.

Se marchó.

La conversación terminó.

Pero el Amo no.

Eso es lo absurdo.

Las personas reales se van.

Las conversaciones terminan.

Los platos se limpian.

Las luces se apagan.

Los días cambian.

Y aun así ciertas presencias permanecen sentadas en la silla vacía.

Esperando.

Como si supieran algo que yo todavía no entiendo.

Y quizá eso sea lo que más vergüenza me da.

Que cuanto más tiempo pasa.

Menos consigo explicar su permanencia.

Y más evidente se vuelve.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…