La Geometría de la Abrasión: Cintas Rugosas y el Mecanismo de la Saturación Epidérmica

No recuerdo la primera vez que leí sobre ello.

Intento encontrar ese momento.

Siempre termino encontrando otro anterior.

Eso es lo que me inquieta.

No la cinta.

La sensación de haber llegado tarde a mi propia curiosidad.

En la literatura del Marqués de Sade, los objetos más persistentes no suelen ser los más complejos. A veces basta una superficie áspera, una textura que se niega a desaparecer del todo. Las cintas rugosas o abrasivas funcionan como una metáfora de esa persistencia. No transforman el cuerpo mediante un acontecimiento extraordinario. Lo hacen mediante el roce repetido de algo que continúa reclamando atención.

Quizá por eso sigo pensando en ellas.

Porque no producen una interrupción.

Producen una comprobación.

La piel sigue allí.

El recuerdo también.

Hace unos días apoyé el antebrazo sobre una mesa de madera desgastada.

Nada especial.

Solo una superficie áspera.

Sin embargo permanecí unos segundos más de lo necesario.

No porque fuera agradable.

No porque fuera desagradable.

Porque quería comprobar algo.

Todavía no sé qué.

En el imaginario sadiano, la fricción suele funcionar como una forma de registro. No deja necesariamente una marca visible. Deja una referencia. Un punto al que la atención regresa una y otra vez.

Eso es lo que encuentro extraño.

La textura desaparece.

La mesa desaparece.

La lectura termina.

Pero la necesidad de volver a comprobar permanece.

Sigo diciéndome que solo me interesa el símbolo.

Lo extraño es que cada vez me cuesta más recordar cuándo empecé a volver para verificarlo.

Me rozó la manga al incorporarme.

Fue apenas un contacto.

Tan breve que no debería haber significado nada.

Sin embargo esperé.

Me quedé inmóvil unos segundos.

Como si el cuerpo estuviera esperando una continuación.

Una segunda fricción.

Una repetición.

Algo que confirmara una sensación que ya no estaba ocurriendo.

Miré la tela.

Después mi brazo.

Después la pared.

No encontré nada.

Y aun así permaneció una impresión extraña.

No de dolor.

Ni siquiera de incomodidad.

La impresión de que algo había quedado abierto.

Como una pregunta que no terminó de formularse.

La habitación de cal seguía igual.

Las mismas grietas.

El mismo polvo.

La misma acumulación de silencios minerales adheridos a las esquinas.

Pero tuve la sensación de que el lugar me estaba devolviendo algo.

No una respuesta.

Un rastro.

Volví a revisar carpetas antiguas.

Notas.

Capturas.

Fotografías olvidadas.

No porque buscara información.

Porque esperaba encontrar una explicación distinta.

Como si el significado hubiera cambiado mientras yo no miraba.

Encontré una imagen guardada.

No recordaba haberla descargado.

Lo extraño no fue encontrarla.

Lo extraño fue reconocerla inmediatamente.

Sabía exactamente por qué estaba allí.

Sabía exactamente qué me había llamado la atención.

Sabía incluso qué sensación había provocado.

Pero no recordaba haber tomado la decisión de conservarla.

Me quedé observándola.

Esperando.

No sabía qué esperaba.

Quizá una prueba de que estaba equivocado.

Quizá una fecha.

Quizá una explicación sencilla.

No apareció ninguna.

Solo otra pregunta.

Después otra.

Y después una tercera.

¿Por qué sigo regresando?

¿Cuándo empecé a regresar?

¿Cuántas veces he regresado sin recordar que ya había vuelto?

La superficie rugosa dejó de ser importante hace mucho tiempo.

Después dejó de ser importante la fricción.

Después la sensación.

Después incluso el propio mecanismo.

Lo único que permaneció fue la repetición.

La extraña acumulación de rastros.

La sospecha de que la atención continúa trabajando durante mi ausencia.

Primero fue curiosidad.

Después investigación.

Después una pregunta.

Después ya no supe qué nombre darle.

Normalmente las preguntas desaparecen cuando las respondes.

Esta no.

Cada respuesta parece generar una nueva capa.

Otro sedimento.

Otra marca.

Otra prueba de que la historia empezó antes de donde recuerdo haber entrado.

Encontré una frase subrayada en una nota antigua.

No recordaba haberla escrito.

Decía:

«El contacto nunca fue el centro.»

Nada más.

Ningún contexto.

Ninguna explicación.

La leí varias veces.

Todavía no sé si estaba describiendo algo.

O intentando advertirme de algo.

Porque quizás nunca fue la fricción.

Ni la superficie.

Ni la sensación.

Quizá siempre fue este regreso.

Esta necesidad de comprobar.

Esta sospecha persistente de que algo se modifica cuando dejo de mirar.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Espero encontrar el instante exacto en que empieza.

Pero cuando creo verlo, ya ha ocurrido.

A veces pienso que pasa lo mismo con los recuerdos.

Y con las preguntas.

Y con las fotografías.

Y con las notas que no recuerdo haber escrito.

Sigo diciendo que solo intento entenderlo.

El cuello no lo estoy moviendo la presión en los pliegues inguinales…