Para el activo, el instante en que la doble atadura termina de cerrarse sobre mi pecho no se siente como una pérdida de movimiento. Lo primero que noto es algo mucho más pequeño.
La cuerda de la izquierda queda apenas más alta que la de la derecha.
No debería importarme.
Pero me importa.
Mientras el Operador ajusta la tensión, sigo mirando esa diferencia mínima, apenas el ancho de una uña, como si mi cerebro necesitara aferrarse a algo ridículamente concreto antes de aceptar lo que está ocurriendo.
Después desaparece también eso.
La presión se instala despacio. No llega como una orden. Llega como cuando te das cuenta de que llevas demasiado tiempo sentado en la misma postura y una parte del cuerpo ha dejado de pertenecerte por completo.
Intento mover los hombros.
Los hombros se mueven menos de lo que recordaba.
Vuelvo a intentarlo.
No es dolor. Es algo más extraño. La sensación de descubrir que una puerta que siempre estuvo abierta ya no lo está.
Entonces empiezo a escuchar cosas que normalmente no escucharía.
El pequeño roce de la cuerda contra mi camiseta cuando respiro.
El sonido irregular de una persiana golpeando una ventana en otra habitación.
El zumbido eléctrico de una lámpara que probablemente lleva años haciendo ese ruido sin que nadie le preste atención.
Es absurdo.
Tengo todo el cuerpo ocupado por la restricción y, sin embargo, mi mente decide concentrarse en una persiana.
Quizá porque es más fácil que admitir que ya he dejado de medir el tiempo por minutos.
Ahora lo mido por respiraciones.
Por pequeñas correcciones de postura que ya no puedo hacer.
Por la manera en que una zona del torso empieza a calentarse mientras otra permanece extrañamente fría.
Hay un momento en que trato de recordar exactamente cómo estaba antes de que la cuerda cerrara el último cruce.
Y no puedo.
Ese detalle desaparece primero.
No la movilidad.
La memoria inmediata de la movilidad.
Eso es lo que realmente me inquieta.
Porque sigo siendo yo.
Sé perfectamente quién soy.
Sé dónde estoy.
Sé quién está frente a mí.
Y, aun así, una parte de mi cerebro ya está reorganizando el mundo alrededor de esta nueva realidad, como si la inmovilidad hubiera estado aquí desde mucho antes que yo.
Lo más extraño llega después.
No cuando dejo de luchar.
Cuando dejo de pensar en luchar.
Miro una pequeña marca en la pared. Una mancha de pintura mal cubierta, cerca del marco de la puerta. Debe llevar ahí años.
Nunca la había visto.
Ahora no puedo dejar de mirarla.
Y por alguna razón siento que, cuando todo esto termine, voy a recordarla mejor que muchas cosas importantes.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…