El Corsé de la Estasis: Fajas de Compresión y el Mecanismo de la Compactación Visceral

No recuerdo la primera vez que pensé en una faja de compresión.

Durante mucho tiempo creí que sí.

Creí que existía una escena inicial.

Un momento identificable.

Una causa.

Ahora ya no estoy seguro.

Lo único que sé es que sigo volviendo.

No por la prenda.

No por la presión.

Ni siquiera por la idea de la restricción.

Vuelvo porque algo permanece abierto.

Como una pregunta que nunca termina de formularse.

Hace unos días encontré una nota guardada.

No recordaba haberla escrito.

Era una frase breve:

«La presión empieza antes del contacto.»

No tenía contexto.

No tenía fecha.

No explicaba nada.

Sin embargo reconocí inmediatamente lo que significaba.

Eso fue lo extraño.

No encontrar la nota.

Reconocerla.

Como si alguien hubiera dejado una marca para mí.

Como si ya hubiera pasado por allí.

Más de una vez.

Volví a leer textos antiguos.

Capturas olvidadas.

Fragmentos subrayados.

Observaciones dispersas.

No estaba buscando información.

Tampoco estaba buscando respuestas.

Buscaba diferencias.

Esperaba encontrar algo que hubiera cambiado.

Como si el significado pudiera desplazarse mientras yo no estaba mirando.

Como si la ausencia produjera transformaciones invisibles.

Y cada vez ocurría lo mismo.

Reconocía las palabras.

Reconocía las imágenes.

Reconocía incluso ciertas frases completas.

Pero nunca recordaba el momento exacto en que las había encontrado.

Era como descubrir huellas propias sobre un sendero que no recordaba haber recorrido.

Normalmente las preguntas desaparecen cuando las respondes.

Esta no.

Cada respuesta parece añadir una nueva capa.

Una nueva distancia.

Una nueva demora.

La faja terminó convirtiéndose en algo secundario.

Después la compresión también.

Luego la inmovilidad.

Luego la propia fascinación.

Poco a poco dejó de interesarme el objeto.

Empezó a interesarme el regreso.

¿Por qué volvía?

Después la pregunta cambió.

¿Cuándo había empezado a volver?

Y después volvió a cambiar.

¿Cuánto tiempo llevaba regresando antes de darme cuenta de que estaba regresando?

La habitación de cal sigue apareciendo.

Las grietas siguen donde estaban.

El polvo continúa acumulándose en los mismos lugares.

Sin embargo nunca parece exactamente la misma habitación.

Siempre existe una diferencia mínima.

Algo desplazado.

Algo imposible de señalar.

Como si el escenario también estuviera intentando recordar.

Encontré otra nota.

Tampoco recordaba haberla escrito.

Solo decía:

«No es la presión lo que vuelve.»

La frase terminaba ahí.

Nada más.

La leí varias veces.

Sigo sin saber qué significa.

O quizás sé exactamente qué significa y eso es lo que resulta incómodo.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Espero notar el instante exacto en que empiece.

Pero cuando creo encontrarlo, ya ha pasado.

Lo mismo ocurre con todo lo demás.

Con las notas.

Con los recuerdos.

Con las preguntas.

Con el regreso.

Sigo diciendo que solo tengo curiosidad.

Lo extraño es que ya no sé si lo digo para explicarlo…

o para poder seguir.

Tengo que mover el cuello…