La Anatomía del Vacío: El Placer de Existir como una Ausencia Estructurada

Lo extraño no era la oscuridad.

Lo extraño era lo que ocurría después.

Porque el antifaz terminaba desapareciendo.

Los tapones eran retirados.

La sesión concluía.

La puerta volvía a abrirse.

Y sin embargo algo seguía sin regresar.

Durante mucho tiempo pensé que lo importante era no ver.

Ahora creo que lo importante era no tener que mirar.

Existe una diferencia.

Una diferencia enorme.

Cuando el mundo desaparecía detrás del antifaz, algo dentro de mí dejaba de trabajar.

No tenía que interpretar nada.

No tenía que evaluar nada.

No tenía que decidir nada.

Solo permanecer.

Solo esperar.

Y cuanto más tiempo pasa desde aquellas sesiones, más difícil resulta olvidar esa sensación.

La recuerdo con una precisión absurda.

Recuerdo la presión exacta del antifaz.

Recuerdo la forma en que la oscuridad parecía adquirir peso.

Recuerdo cómo los sonidos del exterior se volvían cada vez más lejanos.

Pero sobre todo recuerdo otra cosa.

La respiración del Amo.

Porque una vez ajustado todo.

Una vez terminadas las correcciones.

Una vez alcanzada la posición final.

Solo quedaba esperar.

Y en aquella espera la respiración se volvía enorme.

No porque fuera intensa.

No porque fuera extraordinaria.

Precisamente porque era normal.

Entraba.

Salía.

Entraba.

Salía.

Y mientras la escuchaba tenía la sensación de que el tiempo ya no avanzaba de la misma manera.

Ahora, fuera de aquella habitación, descubro que sigo buscándola.

No la respiración concreta.

Sino lo que producía.

La sensación de que todo estaba resuelto.

La sensación de que ya no quedaba nada por decidir.

La sensación de que el mundo podía detenerse durante unos minutos.

Por eso la obsesión continúa creciendo.

Porque la memoria no conserva el procedimiento.

Conserva la claridad.

Conserva la simplicidad.

Conserva aquel momento en el que la oscuridad eliminaba todas las preguntas.

Y cada vez que regreso a la vida cotidiana siento la misma fractura.

Las conversaciones continúan.

Las calles continúan.

Los días continúan.

Pero algo permanece detrás.

Esperando.

Como si todavía estuviera sentado en aquella habitación.

Como si todavía pudiera escuchar una respiración tranquila en algún lugar cercano.

Como si una parte de mí siguiera esperando el final de algo que ya terminó hace mucho tiempo.

Y quizás eso sea lo que más me inquieta.

Que la obsesión ya no parece relacionada con el dolor.

Ni con la obediencia.

Ni siquiera con la sumisión.

Parece relacionada con la claridad.

Con el recuerdo insoportablemente preciso de unos minutos en los que todo dejó de ser confuso.

Tengo que mover el cuello…