Hay algo que no debería resultarme tan interesante.
Y sin embargo vuelvo.
No siempre a las mismas páginas.
No siempre a los mismos textos.
Pero vuelvo.
Durante mucho tiempo pensé que lo que me llamaba la atención era el contenido.
Las historias.
Las dinámicas.
Las personas.
Ahora ya no estoy tan seguro.
Anoche abrí una pestaña que había cerrado tres días antes.
Lo sé porque seguía en el historial.
No recordaba haberla buscado otra vez.
Solo estaba ahí.
Abierta.
Esperándome.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
Nada especial.
Una conversación.
Gente hablando de reglas.
Permisos.
Protocolos.
Cosas que, en teoría, no tienen nada que ver conmigo.
Y aun así seguí leyendo.
Lo extraño es que no estaba buscando excitación.
Ni siquiera fantasía.
Estaba buscando otra cosa.
Tardé varios días en encontrar la palabra.
Dependencia.
Y me avergüenza escribirla.
Porque suena peor cuando aparece escrita.
No me interesaba solamente lo que ocurría.
Me interesaba la sensación de depender de algo externo.
Esperar.
Recibir permiso.
No decidir.
Que alguien dijera sí.
Que alguien dijera no.
Y que durante unos minutos la responsabilidad dejara de estar en mis manos.
La primera vez que pensé eso cerré el portátil.
Demasiado rápido.
Como si el gesto pudiera borrar la idea.
No funcionó.
La idea siguió ahí.
Esperando.
Al día siguiente me encontré pensando en ello mientras preparaba café.
Ni siquiera estaba leyendo nada.
La cafetera hacía ese ruido pequeño que hace siempre.
La cocina olía igual que todas las mañanas.
Y aun así apareció.
La pregunta.
No qué estaba leyendo.
No qué significaba.
Sino por qué seguía regresando.
Esa es la parte incómoda.
Porque cuanto más leo, menos me interesan los detalles.
Empiezan a interesarme los espacios entre los detalles.
La espera.
La anticipación.
El permiso.
La delegación.
Como si el verdadero centro de todo no fuera hacer algo.
Sino dejar de tener que decidirlo.
Hace unos días encontré una nota que escribí hace meses.
Una frase suelta.
No recordaba haberla escrito.
Decía:
«Debe de ser agotador decidirlo todo siempre.»
Nada más.
Ni contexto.
Ni explicación.
Solo eso.
Me quedé mirándola mucho tiempo.
Porque parecía escrita por alguien que ya sabía algo.
Alguien que había llegado antes que yo.
Y últimamente esa sensación aparece cada vez más.
La sensación de llegar tarde.
Tarde a una idea.
Tarde a una pregunta.
Tarde incluso a ciertas partes de mí mismo.
A veces pienso que estoy investigando una dinámica.
Otras veces sospecho que estoy investigando por qué la dinámica me encuentra tan fácilmente.
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
La habitación está en silencio.
Hay polvo suspendido delante de la luz del monitor.
Una taza vacía sobre la mesa.
Dos pestañas abiertas que juraría haber cerrado.
Miro la hora.
Después vuelvo a mirar.
No sé por qué.
Tengo la sensación de estar comprobando algo.
No sé qué.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Lo extraño es otra cosa.
No recuerdo cuándo apareció esa frase.
Solo recuerdo haber llegado después.
El cuello no lo estoy moviendo…