La Fractura de la Piedra: El Dolor Caótico como Retorno de la Identidad

Pensaba que lo más importante era el control.

Durante mucho tiempo creí que todo giraba alrededor de eso.

La estructura.
La presión.
La forma en que cada pieza terminaba ocupando el lugar que le correspondía.

Ahora no estoy tan seguro.

Porque hay algo que aparece de vez en cuando y que no encaja.

No es una rebelión.

No es una decisión.

Ni siquiera parece voluntad.

Es algo más pequeño.

Una grieta.

El tipo de grieta que solo notas cuando llevas demasiado tiempo mirando la misma pared.

Durante un instante todo sigue igual.

La habitación sigue ahí.

La presión sigue ahí.

La norma sigue ahí.

Y aun así algo se desplaza unos milímetros.

Lo suficiente para que deje de parecer inevitable.

Lo extraño es que nunca ocurre cuando estoy atento.

Siempre aparece después.

Como cuando encuentras una taza fría junto al ordenador y te das cuenta de que no recuerdas haber terminado el café.

Sabes que ocurrió.

La evidencia está delante de ti.

Pero falta una parte del recorrido.

Aquí pasa algo parecido.

Hay momentos en los que el dolor deja de sentirse como estructura.

No desaparece.

Simplemente recupera algo que había perdido.

Su nombre.

Y cuando eso ocurre, el mecanismo entero parece diferente.

No porque cambie.

Porque dejo de verlo igual.

Durante unos segundos me resulta imposible recordar dónde terminaba la presión y dónde empezaba yo.

Pensaba que esa era la parte peligrosa.

Ahora creo que la parte peligrosa llega después.

Cuando todo vuelve a encajar.

Cuando la grieta desaparece.

Cuando el sistema recupera su forma.

Porque entonces me descubro intentando recordar exactamente qué había visto.

Como si hubiera olvidado algo importante.

Como si una parte de mí siguiera mirando aquel lugar incluso después de que se hubiera cerrado.

Eso es lo que más me inquieta.

No la grieta.

La forma en que la espero.

La forma en que sigo comprobando si vuelve.

Como alguien que toca una pared buscando una fisura que ya no está allí.

Tengo que mover el cuello.

Lo pienso.

Espero.

Nada.

Y durante un segundo me pregunto por qué sigo esperando.

Como si el movimiento tuviera que llegar primero a mí antes de que yo pudiera hacerlo.

Tengo que mover el cuello no hay cuello no lo estoy moviendo debería…