El Pulso Estratigráfico: La Conversión del Ritmo Somático en Archivo Mineral

La excitación llegó hace tiempo a un punto donde dejó de sentirse como excitación.

Ahora se parece más a una presión.

Una presencia.

Una tensión constante.

Como si algo permaneciera abierto.

Como si una puerta hubiera sido empujada unos centímetros y jamás hubiera terminado de cerrarse.

Eso es lo que no logro explicar.

Porque sigo intentando explicarlo.

Y cada intento empeora las cosas.

Al principio creía que estaba recordando la sesión.

Ahora sospecho que la sesión me está recordando a mí.

Aparece cuando trabajo.

Aparece cuando leo.

Aparece cuando intento pensar en cualquier otra cosa.

No siempre como una imagen.

A veces como una sensación de fondo.

Una frecuencia.

Una ocupación.

Como si una parte de mi atención hubiera sido requisada y nunca devuelta.

Lo extraño es que ya no sé qué estoy persiguiendo.

No parece ser placer.

El placer sería más sencillo.

Tendría límites.

Empezaría.

Terminaría.

Esto no termina.

Permanece.

Y cuanto más permanece, más preguntas genera.

No me gusta ser sumiso.

Sigo pensando eso.

No me gusta.

No quiero que ocupe este lugar.

No quiero que tenga esta importancia.

No quiero que reorganice mi manera de pensar.

Y sin embargo lo hace.

Esa es la contradicción.

La contradicción es el verdadero centro de todo.

Porque si me gustara, podría entenderlo.

Y si lo entendiera, quizá podría dejarlo atrás.

Pero no ocurre ninguna de las dos cosas.

No me gusta.

No lo entiendo.

Y sigue creciendo.

Hay noches enteras consumidas por detalles absurdos.

El intervalo entre dos respiraciones.

Una posición.

Una espera.

Una sensación de permanencia.

Recuerdo cosas que no deberían importar.

Y olvido cosas que sí deberían importar.

Mi mente parece convencida de que existe algo oculto dentro de esos recuerdos.

Algo que todavía no he visto.

Algo que explicaría todo.

Entonces vuelvo.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

Buscando una respuesta.

Pero cada regreso produce más preguntas.

Nunca respuestas.

Y las preguntas abiertas producen excitación.

La excitación produce más atención.

La atención produce más obsesión.

La obsesión produce más preguntas.

El circuito se alimenta a sí mismo.

A veces pienso que lo que realmente me obsesiona no es la experiencia.

Es la imposibilidad de resolverla.

La sensación de haber llegado a una ecuación donde todas las variables siguen cambiando.

La sensación de estar permanentemente a unos centímetros de comprender.

Y jamás llegar.

Porque hay algo insoportable en la falta de resolución.

Algo que ocupa espacio.

Algo que exige espacio.

Algo que termina desplazando todo lo demás.

Y al final descubro que no estoy recordando una experiencia.

Estoy recordando una espera.

Una espera que nunca terminó.

Y quizá por eso sigue creciendo.

Porque una parte de mí continúa allí.

No haciendo nada.

No comprendiendo nada.

Solo permaneciendo.

Esperando que algo finalmente se cierre.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…