No me gusta ser sumiso. Es una frase que sigo repitiéndome porque todavía necesito escucharla salir de mi propia cabeza.
No me gusta.
Al menos eso creo.
Lo extraño es que llevo días intentando recordar cómo me sentía antes de la última sesión y cada vez me cuesta más reconstruirlo.
No es que el Amo esté constantemente en mi mente. Es peor que eso.
Es que todo lo demás parece haber perdido resolución.
Los objetos siguen donde estaban. Las conversaciones ocurren. El trabajo existe. La ciudad continúa moviéndose con su ruido habitual. Ahora todo parece cubierto por una película translúcida, como si estuviera observando mi propia vida a través de una lámina de cristal ligeramente empañada.
No estoy pensando en él todo el tiempo.
Estoy pensando en la ausencia.
Y esa ausencia tiene su forma.
Tiene su tamaño.
Tiene su peso.
Hace tres días que terminó la sesión.
Tres días no deberían significar nada.
Sin embargo empiezo a medir el tiempo en función de esa distancia.
No «hace tres días».
Sino «solo tres días».
Y eso me irrita.
Porque no debería importar.
Durante años he tomado decisiones por mí mismo. He construido rutinas. He organizado semanas enteras sin necesitar nada parecido a esto. Pero ahora me descubro mirando el reloj sin motivo, calculando fechas sin querer hacerlo, preguntándome cuándo será la siguiente vez.
No porque quiera.
Porque la pregunta aparece sola.
Eso es lo que me molesta.
No la respuesta.
La pregunta.
A veces estoy haciendo cualquier cosa completamente normal y aparece un recuerdo absurdamente específico.
El sonido de una hebilla metálica rozando otra.
La pausa de unos segundos antes de que alguien dijera algo.
La textura del suelo.
No el Amo.
El suelo.
Como si mi mente hubiera decidido conservar detalles secundarios porque son más seguros que recordar directamente lo importante.
Recuerdo una mota de polvo cerca de una junta del pavimento.
Recuerdo un diminuto fragmento transparente con forma triangular.
Recuerdo que una de sus esquinas estaba rota.
Recuerdo haberlo observado durante tanto tiempo que dejó de parecer un trozo de plástico y empezó a parecer una coordenada.
Un punto fijo.
Algo estable.
Algo que existía mientras yo esperaba.
Y la espera empieza a convertirse en el verdadero problema.
Porque empiezo a sospechar que nunca fue la peor parte.
Quizá era la mejor.
Quizá siempre fue la mejor.
La espera no exigía nada.
No había que decidir.
No había que interpretar.
No había que construir una personalidad.
Solo había que permanecer.
Y cuanto más pienso eso, más rechazo siento.
Porque no quiero que sea verdad.
No quiero descubrir que una parte de mí echa de menos precisamente aquello que no entiende.
Pero la tristeza sigue ahí.
Una tristeza extraña.
No dramática.
No intensa.
Simplemente persistente.
Como una presión atmosférica ligeramente incorrecta.
Como si el mundo estuviera desafinado por una cantidad tan pequeña que nadie más pudiera detectarla.
Y entonces aparece la idea otra vez.
La misma idea.
La que intento apartar.
La que vuelve siempre.
Quizá todo parece borroso porque mi atención sigue esperando algo.
Quizá una parte de mi sistema todavía no ha entendido que la sesión terminó.
Quizá sigue aguardando una continuación que no llega.
Y mientras espera, convierte todo lo demás en ruido de fondo.
Eso es lo inquietante.
No el deseo.
La reorganización.
La sensación de que algo ha cambiado de lugar dentro de mí sin solicitar permiso.
Que ciertas prioridades han sido desplazadas.
Que ciertas emociones ocupan ahora más espacio del que deberían.
No entiendo por qué ocurre.
Y precisamente por no entenderlo vuelvo a examinarlo.
Y al examinarlo vuelvo a pensarlo.
Y al pensarlo vuelve a crecer.
Hasta que la espera deja de ser un intervalo entre sesiones.
Y empieza a parecer una habitación en la que llevo viviendo varios días sin darme cuenta.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…