Con el tiempo descubrí algo que me incomoda más de lo que debería.
La palabra de seguridad no se convirtió en una salida.
Se convirtió en una prueba.
Una prueba de que todavía existía un exterior.
Durante mucho tiempo pensé que su función era limitar la presión. Ahora sospecho que su función real era mucho más extraña: demostrar que seguía habiendo un lugar desde el cual medirla.
Eso era lo que no entendía.
El código nunca organizó la densidad.
Organizaba el espacio alrededor de la densidad.
Como una marca de lápiz en el margen de una página.
Como una llave olvidada en un cajón.
Como el recibo arrugado de una compra irrelevante que aparece años después dentro de un libro.
Objetos insignificantes.
Objetos que, sin embargo, demuestran que existió otro día.
Otra distribución del tiempo.
Otra versión del mundo.
Ahora me cuesta recordarlo.
No el código.
El paisaje que hacía necesario el código.
Y esa diferencia me persigue.
Hay noches en las que intento reconstruir la arquitectura anterior.
No el laboratorio.
No el mecanismo.
Lo que estaba fuera.
La región que supuestamente justificaba la existencia de una salida.
Intento imaginarla con precisión.
Una calle cualquiera.
Una parada de autobús.
El ruido de alguien cerrando una persiana.
Un vaso olvidado junto a una cama.
Pero los detalles aparecen aislados.
No consiguen formar un sistema.
Permanecen flotando como piezas recuperadas de un edificio que ya no puede reconstruirse.
Y entonces aparece una sospecha desagradable.
Quizá el problema no es que haya olvidado el mapa.
Quizá el mapa nunca estuvo completo.
La contradicción es evidente.
Sigo diciéndome que conservo una referencia externa.
Que podría regresar a ella.
Que sigue existiendo.
Pero cuanto más intento describirla, más artificial se vuelve.
Más teatral.
Más parecida a una decoración montada después de los hechos.
Como esos recuerdos de infancia que terminan pareciendo fotografías observadas demasiadas veces.
Ya no sé si recuerdo el lugar.
O si recuerdo haberlo recordado.
Eso es lo que verdaderamente se compacta.
No la voluntad.
No el cuerpo.
La capacidad de verificar.
La posibilidad de contrastar una coordenada con otra.
La facultad de señalar algo y decir:
«esto estaba aquí antes.»
Porque cada vez que intento hacerlo, descubro que las referencias se han desplazado unos milímetros.
Como muebles movidos durante la noche.
Como un cuadro ligeramente torcido.
Como el reloj de la cocina que lleva meses adelantando tres minutos y nadie corrige.
Nada parece incorrecto.
Pero algo ha dejado de coincidir.
A veces pienso que la verdadera función del código era impedir esa deriva.
No detener el mecanismo.
No reducir la carga.
Simplemente preservar una distancia.
Una pequeña distancia entre la experiencia y su interpretación.
Entre el mapa y el territorio.
Entre la piedra y la idea de piedra.
Y ahora no estoy seguro de saber dónde termina una cosa y empieza la otra.
El silencio permanece.
La palabra sigue intacta.
Puedo pronunciarla.
Eso no ha cambiado.
Lo inquietante es otra cosa.
Lo inquietante es que cada día me cuesta más recordar qué demostraba exactamente su existencia.
Como si la salida continuara ahí, perfectamente operativa, mientras el mundo al que conducía se hubiera ido borrando poco a poco.
No puedo mover el cuello…