No sé cuándo dejó de tratarse de la sesión.
Quizá nunca se trató de la sesión.
Porque la sesión terminó.
Lo que no terminó fue la necesidad de entenderla.
Y cuanto más intento entenderla, más excitación aparece.
No debería funcionar así.
Si algo se comprende, debería perder fuerza.
Debería reducirse.
Debería ocupar menos espacio.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
Regreso al recuerdo para analizarlo.
Y el análisis produce excitación.
La excitación produce más preguntas.
Las preguntas producen más recuerdo.
Y el recuerdo vuelve a producir excitación.
Es un mecanismo perfecto precisamente porque parece defectuoso.
Llevo horas intentando demostrarme algo muy simple.
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue siendo cierta.
No ha cambiado.
Puedo repetirla cien veces.
Mil veces.
Y continúa siendo cierta.
No me gusta.
No quiero esa posición.
No quiero necesitar esa habitación.
No quiero pensar constantemente en ella.
Y sin embargo la certeza de esas frases no modifica nada.
Nada.
La obsesión continúa creciendo detrás de ellas.
Como si estuviera utilizando mis propias objeciones como combustible.
A veces intento localizar el origen.
Busco el instante exacto.
El punto donde todo empezó.
Y siempre termino regresando a detalles absurdos.
La respiración.
La espera.
La tercera línea roja.
Aquella línea separada de las otras.
Demasiado alta.
Demasiado definida.
Tan definida que resulta ofensiva.
Porque hay semanas enteras de mi vida que recuerdo peor que aquella línea.
Y eso no tiene sentido.
Nada de esto tiene sentido.
La excitación tampoco.
Porque ya no se parece al deseo habitual.
No se parece a la búsqueda de placer.
No se parece a la fantasía.
Se parece más a una tensión.
A una acumulación.
Como si mi mente estuviera intentando resolver una ecuación imposible.
Y cada vez que fracasa, la carga aumentara.
La incomprensión se transforma en excitación.
La excitación exige explicación.
La explicación fracasa.
Y el fracaso produce más obsesión.
Es un círculo que parece alimentarse de su propia imposibilidad.
Lo peor es que empiezo a sospechar que no estoy recordando para comprender.
Estoy comprendiendo para poder seguir recordando.
Y esa diferencia cambia todo.
Porque significa que la memoria ya no está al servicio de la explicación.
La explicación está al servicio de la memoria.
Cada análisis es una excusa para regresar.
Cada pregunta es una puerta.
Cada duda es una reconstrucción.
Y cada reconstrucción vuelve a colocarme allí.
En la habitación.
En la espera.
En el instante anterior al final.
Donde ya no había nada que hacer.
Nada que decidir.
Nada que interpretar.
Solo permanecer.
Y quizá eso sea precisamente lo que no consigo abandonar.
No el poder.
No la obediencia.
No la inmovilidad.
Sino la existencia de un lugar donde la necesidad de comprender desaparecía por completo.
Porque ahora vivo exactamente al contrario.
Ahora intento comprender.
Y cuanto más comprendo menos entiendo.
Cuanto menos entiendo más me obsesiono.
Cuanto más me obsesiono más me excito.
Y cuanto más me excito más necesito volver.
No para repetirlo.
No para disfrutarlo.
No para resolverlo.
Sino para acercarme una vez más a algo que sigue creciendo precisamente porque se niega a ser explicado.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…