El Dogma de la Piedra: La Inmovilidad como Consagración Técnica del Soporte

Esta mañana me desperté y el primer pensamiento fue inmediato.

No quiero ser sumiso.

Ni siquiera apareció como una reflexión.

Apareció como una certeza.

Como algo que ya estaba esperándome antes de abrir los ojos.

No quiero ser sumiso.

Me quedé tumbado mirando el techo.

Sin moverme.

Sin levantarme.

Observando una línea horizontal de pintura que atravesaba la habitación de un extremo al otro.

No tenía nada especial.

Era solo una línea.

Una pequeña irregularidad.

Un cambio mínimo de textura.

Y sin embargo permanecí observándola durante cuarenta minutos.

Quizá más.

Mientras la seguía con la mirada repetía lo mismo.

No quiero ser sumiso.

No me gusta.

No encaja conmigo.

No tiene sentido.

No era una discusión emocional.

Era una evaluación.

Como si estuviera revisando pruebas.

Analizando datos.

Intentando encontrar el error.

Porque algo no encaja.

Nunca ha encajado.

No me gusta el dolor.

No me gusta la dependencia.

No me gusta la espera.

No me gusta la incertidumbre.

No me gusta la tristeza que aparece cuando pasan demasiados días.

Nada de eso debería conducir hacia más deseo.

Y sin embargo conduce exactamente hacia ahí.

Esa es la pieza que no logro resolver.

Mientras observaba aquella línea del techo empecé a sentir algo parecido al alivio.

Como si finalmente estuviera recuperando terreno.

Como si estuviera separándome de todo esto.

Como si por fin estuviera cerrando una puerta.

Y entonces ocurrió algo que empieza a repetirse demasiado.

Cuanto más convencido estaba de alejarme.

Más cerca parecía estar.

No ocurrió inmediatamente.

No fue una imagen.

No fue una fantasía.

Fue algo más extraño.

Una orientación.

Una dirección.

Como si toda mi atención comenzara lentamente a girar otra vez hacia el mismo punto.

Y cuanto más intentaba resistirme.

Más presión aparecía.

Como si hubiera intentado colocar un tapón sobre algo que llevaba demasiado tiempo acumulándose.

Al principio parecía funcionar.

Después empezó a empujar.

Y después simplemente explotó.

No físicamente.

Mentalmente.

De repente la necesidad regresó con una intensidad absurda.

Mayor que antes.

Mucho mayor.

Y eso es precisamente lo que no entiendo.

Porque si realmente quisiera aquello, tendría sentido.

Pero sigo despertándome diciendo que no.

Sigo intentando alejarme.

Sigo intentando explicarlo.

Sigo intentando construir una versión racional de lo que ocurre.

Y cada intento produce exactamente el efecto contrario.

Como si la obsesión utilizara mis propios argumentos como combustible.

Empiezo a sospechar que el problema ya no es el Amo.

Ni siquiera la próxima sesión.

El problema es que algo dentro de mí ha aprendido a orientarse hacia esa experiencia.

Y cuando intento corregir la dirección no desaparece.

Solo acumula más presión.

Hasta que termina regresando con más fuerza.

Por eso la espera se ha vuelto tan difícil.

Porque ya no estoy esperando un acontecimiento.

Estoy esperando el final de una tensión que nunca termina de resolverse.

Y cuanto más tiempo permanece sin resolverse.

Más espacio ocupa.

Más habitaciones construye.

Más conexiones genera.

A veces me pregunto si la obsesión sigue creciendo porque no consigo entenderla.

Y otras veces empiezo a sospechar algo peor.

Que quizá sigue creciendo precisamente porque intento entenderla.

Como si cada pregunta abriera una puerta nueva.

Como si cada intento de escapar excavara otro nivel.

Como si la propia resistencia se hubiera convertido en parte del mecanismo.

Y entonces regreso mentalmente a aquella línea horizontal que atravesaba el techo.

Cuarenta minutos observándola.

Repitiendo que no.

Repitiendo que había terminado.

Repitiendo que no iba a continuar.

Sin darme cuenta de que algo seguía creciendo detrás de esas palabras.

Silenciosamente.

Pacientemente.

Esperando.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…