La Ingeniería del Vacío: Drenando el Ruido Biológico para la Apoteosis del Mineral

Lo que más me inquieta no es el silencio de la habitación.

Es el silencio que permanece después.

Porque la sesión termina.

La puerta se cierra.

El edificio desaparece detrás de mí.

La calle sigue funcionando.

La gente habla.

Los coches pasan.

Los semáforos cambian.

Y, sin embargo, algo permanece inmóvil.

No me gusta ser sumiso.

La frase sigue apareciendo.

A veces la repito en voz baja.

A veces simplemente la observo cruzar mi mente.

No me gusta ser sumiso.

No me gusta el dolor.

No me gusta esperar.

No me gusta despertarme pensando en ello.

Y, sin embargo, cada negación parece añadir una capa más.

Como si la obsesión se alimentara de la resistencia.

Durante los últimos días he empezado a notar algo extraño.

Ya no recuerdo tanto las órdenes.

Ni siquiera recuerdo con claridad todos los detalles de las sesiones.

Lo que recuerdo es el silencio.

Ese silencio específico.

El silencio de permanecer donde el Amo me había dejado.

Sin moverme.

Sin hablar.

Sin necesidad de decidir nada.

El mundo exterior parece exigir una cantidad absurda de decisiones.

Elegir.

Responder.

Explicar.

Planificar.

Interpretar.

Mientras que allí todo parecía comprimido en una única tarea.

Permanecer.

Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta ignorar la diferencia.

A veces estoy hablando con alguien y, de repente, noto una fractura.

Una pequeña interrupción.

Una especie de distancia invisible.

La conversación continúa.

Yo continúo.

Pero algo dentro de mí ya no está allí.

Ha regresado a aquella habitación.

Ha regresado al instante inmóvil.

Ha regresado al silencio.

Y entonces aparece la tristeza.

No una tristeza dramática.

No una tristeza aguda.

Algo peor.

Una tristeza silenciosa.

Una tristeza que se parece a la niebla.

Una tristeza sin argumento.

Simplemente llega.

Como si faltara algo.

Como si mi mente siguiera esperando una continuación que nunca termina de llegar.

Entonces pienso en la habitación.

Pienso en la puerta.

Pienso en la forma en que la luz permanecía inmóvil sobre las paredes.

Y pienso en aquella tercera línea roja.

La aislada.

La que estaba separada de las otras dos.

La que se encontraba cerca de la parte superior del marco de la puerta.

Todavía no entiendo por qué la recuerdo.

No era importante.

No formaba parte de la sesión.

No tenía significado.

Y, sin embargo, sigue allí.

Suspendida dentro de mi memoria.

Tan nítida como el primer día.

A veces sospecho que mi mente se aferra a esos detalles porque son las únicas cosas que no cambian.

La línea.

La puerta.

El silencio.

La espera.

Mientras todo lo demás se vuelve más borroso.

Más distante.

Más difícil de sostener.

Y quizá eso sea lo que más me asusta.

No la obediencia.

No el dolor.

No la sumisión.

Sino la claridad.

Porque fuera de aquella habitación todo parece fragmentarse lentamente.

Pero dentro del recuerdo todo permanece definido.

Las formas.

Las distancias.

Las sombras.

La posición exacta de las manos.

La respiración.

La quietud.

Como si la memoria hubiera decidido conservar aquel lugar con una resolución más alta que el resto de mi vida.

No entiendo por qué.

Y cuanto más intento comprenderlo, menos lo consigo.

Cuanto menos lo consigo, más crece.

Y cuanto más crece, más me descubro observando el mundo como si lo estuviera comparando constantemente con algo que ya no está presente.

Algo que terminó.

Algo que sigue expandiéndose.

Algo que quizá dejó de ser un recuerdo hace mucho tiempo.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…