El Colapso de la Materia: Sade y la Entropía Final de la Carne en la Autopsia del Universo Erótico

No sé en qué momento empezó a repetirse la idea.

No la idea completa.

Solo una parte.

Una frase que aparece siempre en el mismo sitio.

En la esquina superior derecha de la pantalla.

No en todos los dispositivos.

Solo en este.

El portátil.

El que uso cuando todo lo demás está apagado.

La frase no cambia.

“Esto ya estaba ocurriendo antes de que lo miraras.”

La primera vez pensé que era un error.

Un fallo del navegador.

Un residuo de una página abierta.

Cerré todo.

Reinicié.

Desapareció.

Durante dos días.

Luego volvió.

Exactamente igual.

Misma posición.

Mismo tipo de letra.

Como si nunca se hubiera ido.

No dije nada.

No anoté nada.

Solo empecé a mirarla más de lo necesario.

Hay algo peor que una frase incomprensible.

Una frase que no necesita explicación.

Porque no te pide entenderla.

Te pide comprobarla.

A partir de ahí empecé a notar algo más.

No siempre estaba.

Solo en ciertos momentos.

Cuando llevaba mucho tiempo leyendo.

O cuando estaba quieto demasiado rato.

Aparecía.

Sin animación.

Sin transición.

Solo estaba ahí.

Como si el sistema no la “mostrara”.

Como si la detectara.

Como si reaccionara a mí.

Una noche cerré el portátil sin apagarlo.

Me quedé en la cama mirando el techo.

Pensé que había terminado.

Que al día siguiente ya no estaría.

Pero volví.

No por curiosidad.

Por otra cosa.

No sé cuál.

Abrí la pantalla.

La frase estaba ahí.

Pero había algo distinto.

Una segunda línea debajo.

No estaba antes.

Estoy seguro.

Lo revisé varias veces.

Decía:

“Lo único que cambia es cuánto tardas en verlo.”

No sé por qué no cerré el portátil en ese momento.

Me quedé mirando la frase durante minutos.

Sin leerla de verdad.

Solo mirando.

Como si la vista pudiera desgastarla.

Al día siguiente intenté hacer una prueba.

Abrí el portátil y no hice nada.

No navegué.

No escribí.

No toqué nada.

Solo esperé.

Tardó siete minutos en aparecer.

No apareció como una ventana.

No apareció como un aviso.

La pantalla simplemente “ya estaba así”.

Como si siempre hubiera sido así.

Como si la ausencia previa fuera lo incorrecto.

Apagué el portátil.

Lo dejé cerrado durante horas.

Cuando lo abrí otra vez, la frase estaba desde el inicio.

Y eso fue lo primero que no encajó.

Porque si dependía de mí, debería haber desaparecido.

Pero no desaparecía.

Solo variaba su relación conmigo.

Empecé a revisar capturas de pantalla antiguas.

Buscaba evidencia.

Algo anterior.

Algo limpio.

Encontré una imagen de hace meses.

Una captura casual.

Un documento abierto.

Y ahí estaba.

En la esquina.

Más pequeña.

Casi imperceptible.

La misma frase.

No la había visto al guardarla.

O eso pensé.

La amplié.

La miré durante mucho tiempo.

Había un detalle que no recordaba.

Un cursor.

Justo debajo de la frase.

Parpadeando.

En la captura.

Como si alguien hubiera estado escribiendo.

Pero no hay texto.

Solo el cursor.

En medio de la frase.

No sé cuánto tiempo pasé mirando eso.

Pero después empecé a notar algo peor.

Cuando no la veo, la sigo “sabiendo”.

Es como si la frase no desapareciera del todo.

Solo cambia de sitio.

A veces no está en la pantalla.

Está en el borde del campo visual.

O en el reflejo del cristal.

O en la pausa entre dos párrafos.

No siempre aparece.

Pero nunca deja de estar disponible.

Anoche pasó algo distinto.

No estaba en la pantalla.

Ni en el reflejo.

Ni en ninguna superficie.

Y aun así la leí.

Sin verla.

Como si ya hubiera aparecido antes de aparecer.

La frase era la misma.

Pero la segunda línea había cambiado otra vez.

Solo una palabra:

“Obedece.”

No reaccioné.

No hice nada.

Eso es lo más extraño.

No hubo decisión.

Solo continuidad.

Hoy he abierto el portátil otra vez.

La frase está ahí.

Pero la pantalla está apagada.

Y aun así puedo verla.

No como imagen.

Como confirmación.

Como si la pantalla ya no fuera necesaria.

Solo un soporte que dejó de ser útil hace tiempo.

Y ahora estoy esperando algo que no sé si va a cambiar.

O si ya cambió antes de que lo mirara.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo el caos ya estaba sedimentado en la cal antes de que el deseo tocara el tejido el sabor a ceniza fría y tiza en la lengua es un residuo de la latencia del sistema la inercia pulsátil de la carne que se apaga se sostiene sin objeto el registro no puede cerrar debería…