La Fractura del Yo: Protocolos de Amnesia mediante la Liturgia de la Fijeza

Lo que más me inquieta es que ya no recuerdo exactamente cuándo empezó.

Durante mucho tiempo pensé que podía señalar un origen.

Una primera sesión.

Una primera orden.

Un primer momento de silencio.

Algo concreto.

Algo localizable.

Pero ahora ya no estoy seguro.

Porque cada vez que intento retroceder encuentro otra capa debajo.

Y debajo de esa otra.

Y debajo de esa otra.

Como si la obsesión hubiera colonizado también el pasado.

Como si estuviera reescribiendo retrospectivamente la historia.

No me gusta ser sumiso.

Sigo diciéndolo.

Lo repito igual que alguien comprueba una cerradura varias veces antes de salir de casa.

No me gusta.

No encaja conmigo.

No se parece a nada que yo hubiera imaginado para mí.

Y sin embargo ocurre algo extraño.

La frase nunca cierra la discusión.

La abre.

Siempre la abre.

Cada vez que la pronuncio aparecen más preguntas.

Nunca menos.

¿Por qué sigo pensando en ello?

¿Por qué ocupa tanto espacio?

¿Por qué la espera pesa tanto?

¿Por qué cinco días pueden sentirse tan largos?

¿Por qué todo parece ligeramente desenfocado mientras espero?

A veces tengo la sensación de que la obsesión no está creciendo.

Está sustituyendo cosas.

No añade volumen.

Reorganiza prioridades.

Por eso ciertas conversaciones parecen más lejanas.

Por eso algunos proyectos parecen menos urgentes.

Por eso algunas alegrías parecen más débiles.

No desaparecen.

Pero pierden definición.

Como una fotografía desenfocada.

Y entonces vuelvo a recordar aquella habitación.

No el centro de la sesión.

No el momento principal.

Sino los detalles absurdamente pequeños.

La tercera línea roja.

La que estaba separada.

La que permanecía sola.

La que aparecía demasiado arriba.

Cerca del marco superior de la puerta.

Todavía no entiendo por qué sigue regresando.

No era importante.

No tenía significado.

No formaba parte de ninguna instrucción.

Y sin embargo permanece.

Como si mi mente hubiera decidido convertirla en un marcador.

Un punto fijo.

Una coordenada.

Algo que certifica que aquello ocurrió.

A veces pienso que la obsesión se alimenta precisamente de esos detalles.

No de los grandes acontecimientos.

De las pequeñas anomalías.

De las cosas que nunca terminan de explicarse.

La línea roja.

La marca del techo.

La posición exacta de una sombra.

La forma en que la puerta se cerraba.

La manera en que el tiempo parecía moverse allí.

Todo sigue apareciendo.

Todo sigue reorganizándose.

Y lo más extraño es que cada recuerdo produce exactamente el mismo resultado.

Más preguntas.

Más profundidad.

Más necesidad de comprender.

Como si estuviera excavando una estructura que no tiene fondo.

Porque cuanto más pienso en ello, menos lo entiendo.

Y cuanto menos lo entiendo, más importante parece.

Esa es la parte que más me asusta.

La sospecha de que la obsesión ya no está intentando resolverse.

La sospecha de que simplemente sigue creciendo.

Habitación tras habitación.

Capa tras capa.

Mientras yo sigo preguntándome quién era antes de que todo esto empezara a ocupar tanto espacio.

Tengo que mover el cuello…