Al principio no parece importante.
La varilla descansa sobre la mesa.
Nada más.
Podría confundirse con cualquier otra herramienta olvidada entre objetos cotidianos.
Sin embargo, una vez que la veo, sigo mirándola.
No sé exactamente por qué.
Quizá porque sé que dentro de unos minutos dejará de ser un objeto y se convertirá en una referencia.
Una medida.
Un lenguaje.
Cuando el Operador empieza, el cuerpo espera algo más dramático.
Siempre ocurre igual.
La imaginación exagera.
La realidad suele ser más precisa.
El primer contacto apenas merece ese nombre.
Un roce.
Un pequeño impacto.
Algo tan leve que durante un instante pienso que eso es todo.
No lo es.
Nunca lo es.
Lo extraño no es la intensidad.
Es la repetición.
El mismo recorrido.
La misma zona.
La misma atención.
Poco a poco descubro que mi mente deja de seguir grandes ideas y empieza a quedarse atrapada en detalles absurdamente pequeños.
Una costura en la ropa.
Una sombra sobre el suelo.
El ruido del sistema de ventilación.
Siempre hace una vibración irregular.
Dos segundos.
Pausa.
Tres segundos.
Pausa.
Nunca me había fijado.
Ahora no puedo ignorarlo.
El estímulo continúa.
No invade.
No arrasa.
Simplemente regresa.
Y cada regreso ocupa un poco más espacio que el anterior.
Hay una pequeña zona en el antebrazo donde la piel parece recordar cada contacto.
No duele exactamente.
Tampoco resulta cómodo.
Es otra cosa.
Una especie de atención obligatoria.
Como si el cuerpo colocara un marcador invisible sobre ese lugar y se negara a retirarlo.
Intento pensar en algo diferente.
Lo consigo durante unos segundos.
Después vuelvo.
Siempre vuelvo.
Eso es lo que más me sorprende.
No la sensación.
La gravedad que adquiere.
La forma en que desplaza todo lo demás.
La habitación sigue siendo la misma.
La luz sigue siendo la misma.
Pero mi percepción empieza a reorganizar prioridades.
El sonido de una silla moviéndose en otra habitación parece lejano.
El reloj parece lejano.
Incluso mis propios pensamientos parecen lejanos.
Y sin embargo puedo notar perfectamente una pequeña acumulación de calor en un punto concreto de la piel.
Exactamente ahí.
Ni un centímetro más arriba.
Ni un centímetro más abajo.
Ahí.
La sesión continúa.
El cuerpo aprende cosas extrañas.
Aprende que anticipar no ayuda.
Aprende que tensarse no cambia nada.
Aprende que algunas sensaciones se vuelven más grandes cuanto más intentas apartarlas.
Hay un momento en que dejo de preguntarme cuánto tiempo ha pasado.
Empiezo a preguntarme otra cosa.
¿Por qué sigo mirando la misma esquina del techo?
Hay una marca diminuta junto a la lámpara.
Debe llevar años allí.
Jamás la había visto.
Ahora conozco su forma perfectamente.
Podría dibujarla.
Eso me parece ridículo.
Y aun así sigo observándola.
El estímulo regresa.
La respiración cambia ligeramente.
La marca sigue allí.
La lámpara sigue allí.
Yo también.
Durante unos segundos me descubro esperando el siguiente contacto con la misma atención con la que sigo observando esa pequeña imperfección junto a la luz.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…