La mayoría de los ciudadanos caminan por la calle con la convicción de que son libres porque pueden elegir entre catorce tipos de leche de avena o votar a un gestor que olvidará sus nombres en dos semanas. Donatien Alphonse François de Sade, desde su escritorio en la Bastilla, se reía de esa libertad de superficie. Para él, el ciudadano es un esclavo que ha olvidado sus cadenas, mientras que el esclavo en sus relatos es un experto en la geografía de su propio límite. En el universo sadiano, la libertad no es un derecho que te otorga el Estado; es un espasmo de verdad que solo ocurre cuando la estructura social se ha derrumbado por completo.
Me pica un poco la nuca, justo donde empieza el pelo, un recordatorio molesto de que mi propio cuerpo tiene exigencias que no he autorizado. Me detengo. ¿Por qué estoy escribiendo esto en lugar de estar durmiendo? No lo sé. Quizá la palabra «libertad» es solo el nombre que le ponemos a nuestro cansancio.
El aire en esta habitación está estancado, con ese olor a papel seco y al plástico recalentado de la CPU que lleva encendida demasiado tiempo. El oxígeno se siente un poco rancio. Es la atmósfera de quien ha aceptado que su libertad consiste en elegir qué pantalla mirar hasta que los ojos le escuezan.
La ficción del ciudadano: El cautiverio con Wi-Fi
Resulta irónico que nos aterre la imagen de una celda sadiana mientras nuestra salud mental se ha vuelto una especie de decoración moderna; compramos plantas de interior para convencernos de que no somos muebles en una oficina diáfana. Sade entendió que el ciudadano vive en un estado de hipnosis colectiva, aceptando leyes que no ha escrito y deseos que le han sido inyectados por la publicidad. El esclavo de sus novelas, en cambio, no tiene ilusiones. Conoce el peso exacto del hierro y la temperatura de la voluntad ajena. En esa transparencia brutal, hay una honestidad que el «hombre libre» no puede permitirse.
A veces, la verdad no es elegante. Es sucia. Como la parte de atrás de un radiador que nadie ha limpiado en años.
Me pregunto si tú, al otro lado de la pantalla, también sientes que tu agenda es solo un látigo con un diseño más minimalista. O quizá solo necesitas un café. La línea es muy delgada entre la alienación social y un bajón de glucosa.
La soberanía del límite: El cuerpo como única patria
Sade entendió que el ser humano es un depredador que ha aprendido a usar cubiertos de plata para no reconocer el sabor de lo que come. Su paradoja es simple: solo cuando el cuerpo es llevado al extremo, cuando la ley social desaparece y solo queda el nervio y el grito, el individuo se vuelve real. El ciudadano es una abstracción jurídica; el esclavo en el calabozo es una certeza biológica.
Mi silla ha vuelto a crujir. Un sonido seco, casi un reproche. Es irritante. Me distrae de la profundidad de esta reflexión sobre la soberanía, recordándome que soy un sujeto atado a un muelle de metal que necesita ser aceitado.
¿Por qué nos asusta tanto la idea de no ser dueños de nosotros mismos? Quizá porque nos obliga a admitir que nuestra autonomía es una puesta en escena para que la economía siga funcionando. El orden es solo el miedo que tenemos a que alguien nos trate como nosotros trataríamos al mundo si no hubiera cámaras vigilando. Sade nos invita a mirar la cadena para entender que el primer paso para la libertad no es romperla, sino dejar de fingir que no está ahí.
El olvido de la superficie
Hay algo de alivio en saber que el sistema no puede monitorizar lo que sientes cuando el dolor o el placer te sacan del lenguaje. Sade murió pidiendo que su tumba no tuviera nombre, que la tierra borrara su memoria. Sabía que la transparencia total que hoy tanto amamos es la tumba de la verdadera individualidad.
Hoy, que todo es «conectar» y «ser visible», la figura del esclavo que habita su propio secreto parece casi envidiable. La libertad no es poder ir a cualquier parte, sino tener un rincón del alma donde el código del Estado no sepa traducir lo que sucede.
He dejado de escribir un momento para mirar la pared. Hay una pequeña mancha de humedad que parece un mapa de un país inexistente. Ese país no tiene leyes, ni ciudadanos, ni derechos humanos. A veces envidio a esa mancha por su capacidad de simplemente estar ahí, arruinando la pintura perfecta de la habitación.