La Frecuencia del Quebranto: Sade y la Estética del Colapso Programado

Hay algo que me incomoda admitir.

La obsesión no disminuye.

Aumenta.

Eso sería comprensible si el placer fuera sencillo.

Si apareciera como una recompensa directa.

Si existiera una relación lógica entre causa y efecto.

Pero no es así.

Porque la contradicción sigue intacta.

Todavía hay una parte de mí que observa todo esto desde fuera y no termina de entenderlo.

Todavía existe una voz que insiste en que debería perder interés.

Que debería cansarme.

Que debería llegar un momento en que el proceso deje de ocupar espacio en mi mente.

Sin embargo ocurre lo contrario.

Cuanto más tiempo paso pensando en ello, más importante parece volverse.

Y cuanto más importante se vuelve, más intensamente regresa.

Quizá eso era lo que el Marqués de Sade comprendió mejor que nadie.

No el exceso.

No la transgresión.

Sino la capacidad de ciertos procesos para crecer dentro de la imaginación mucho después de haber terminado.

Como si el verdadero acontecimiento no ocurriera durante la experiencia.

Como si ocurriera después.

En la repetición.

En la memoria.

En la reconstrucción obsesiva.

Hay momentos en los que no pienso en la figura del Amo.

Pienso en el proceso.

Pienso en la manera en que avanza.

En la forma en que parece aproximarse lentamente a una conclusión que nunca termina de revelarse.

Y entonces aparece algo extraño.

El placer ya no parece proceder de la experiencia.

Parece proceder de la anticipación.

De la proximidad.

De la sensación de que todavía existe una última puerta que no ha sido abierta.

Cada vez que imagino el final, la obsesión aumenta.

Y cuanto más aumenta la obsesión, más intensa se vuelve la expectativa.

Y cuanto más intensa se vuelve la expectativa, más espacio ocupa el proceso dentro de mí.

Es un circuito que se alimenta a sí mismo.

Una arquitectura mental construida sobre una pregunta que sigue sin respuesta.

¿Qué estoy buscando exactamente?

No lo sé.

Y quizá por eso continúo.

Porque si conociera la respuesta, probablemente la obsesión desaparecería.

Pero todavía no la conozco.

Todavía existe la sospecha de que el Amo sabe algo que yo ignoro.

No algo sobre la obediencia.

No algo sobre el poder.

Sino algo sobre el final.

Algo sobre esa región del proceso a la que todavía no he llegado.

Y esa sospecha resulta más poderosa que cualquier argumento racional.

Más persistente.

Más difícil de abandonar.

No me gusta ser sumiso.

La frase sigue siendo cierta.

Pero también es cierto que mi atención continúa regresando al mismo lugar.

Una y otra vez.

Como si alguna parte de mí estuviera convencida de que la respuesta espera allí.

Al final.

Siempre al final.


El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…