Hay momentos en los que la bofetada no empieza en el golpe.
Empieza antes.
En mí.
En la espera.
En ese segundo en el que ya sé lo que va a pasar y aun así no hago nada para evitarlo.
Y eso es lo que me da vergüenza, incluso ahora, escribiéndolo.
No el dolor.
No el impacto.
Sino la parte de mí que se queda quieta esperando.
Como si hubiera algo familiar en eso.
Como si mi cuerpo entendiera algo que yo no quiero admitir.
A veces creo que no recuerdo el golpe en sí con claridad.
Recuerdo el antes.
El microsegundo previo.
La tensión absurda de saberlo sin querer saberlo.
Y después, una especie de corte.
No pensamiento.
No frase.
Solo un hueco.
Como si mi cabeza perdiera continuidad.
Y lo peor es que ese hueco no se siente completamente negativo.
Eso es lo que me confunde.
Porque una parte de mí lo vive casi como alivio.
Como interrupción.
Como si durante ese instante dejara de tener que sostener nada.
Ni decisión.
Ni control.
Ni narrativa.
Solo… suspensión.
Y eso es difícil de admitir sin sentir que algo en mí está mal calibrado.
No es una fantasía clara.
No es algo que pueda contar ordenadamente.
Es más bien una repetición interna.
Algo que vuelve sin que lo llame.
He intentado entender cuándo empezó.
No lo sé.
No fue un momento concreto.
Fue acumulándose.
Primero como curiosidad.
Luego como búsqueda.
Luego como una especie de patrón que empecé a reconocer incluso cuando no quería.
Buscaba información.
Historias.
Descripciones.
No porque quisiera “eso” exactamente.
Sino porque había algo en la idea de la interrupción que no podía dejar de mirar.
Y eso es lo que me cuesta admitir.
Que no era el golpe.
Era lo que pasa en mí justo después.
Esa sensación de no estar del todo aquí.
De no tener que seguir siendo coherente por un momento.
Pero también aparece otra cosa.
La parte que se juzga.
La parte que pregunta por qué estoy pensando en esto tanto.
Por qué esto ocupa espacio.
Por qué no puedo simplemente dejarlo ir como otras cosas.
Y esa tensión no se resuelve.
Se repite.
Una y otra vez.
Como si hubiera dos versiones de mí mirando lo mismo sin ponerse de acuerdo.
Una dice: “esto no significa nada”.
La otra no responde.
Solo vuelve.
No sé qué es exactamente lo que busco aquí.
Y eso es lo más incómodo.
No es una historia que pueda cerrar.
Es algo que interrumpe mi forma de pensar sobre mí mismo.
Y cada vez que intento explicarlo con claridad, se vuelve menos claro.
No más.
Menos.
Como si cuanto más lo miro, más se desordena.
Y aun así sigo volviendo.
No al golpe.
Sino al instante en el que dejo de saber cómo seguir siendo yo.
El cuello no lo estoy moviendo…