La Apoteosis del Rendimiento Orgánico: El Sistema como Mejora Genética de la Inmovilidad

Hay algo que ha empezado a preocuparme.

No porque sea espectacular.

Precisamente porque no lo es.

Porque ocurre en momentos demasiado pequeños.

Momentos que deberían pertenecerme.

Momentos que antes eran invisibles.

Esta mañana tardé varios minutos en salir de la cama.

No estaba cansado.

No estaba pensando en nada importante.

Simplemente estaba mirando una arruga en la sábana.

Una arruga completamente normal.

Y de alguna manera apareció él.

No sé cómo ocurre.

Nunca sé cómo ocurre.

La mente parece encontrar caminos que yo no le doy.

Rutas secundarias.

Pasillos ocultos.

Atajos que terminan siempre en el mismo lugar.

Pensé en la forma en que él habría corregido aquella arruga.

Y después pensé en lo absurdo que era estar pensando eso.

Y después pensé en lo absurdo que era pensar en lo absurdo.

Y entonces ya no estaba mirando la sábana.

Estaba atrapado.

Otra vez.

Lo peor es que ya no sucede durante acontecimientos importantes.

Sucede durante cosas ridículas.

Mientras espero que hierva el agua.

Mientras busco una camiseta.

Mientras desbloqueo el teléfono para revisar una notificación que no importa.

Especialmente las notificaciones que no importan.

Las abro.

Las leo.

No contienen nada.

Y aun así siento una decepción extraña.

Una decepción que no tiene sentido.

Como si hubiese esperado otra cosa.

Como si hubiese esperado encontrar una señal.

Una corrección.

Una observación.

Algo.

Lo cierro.

Guardo el teléfono.

Y descubro que sigo esperando.

Eso es lo que empieza a asustarme.

La espera.

Porque ya no parece una acción.

Parece una condición física.

Como el hambre.

Como el sueño.

Como la sed.

Hoy, durante la pausa del trabajo, un compañero estaba contándome algo sobre una serie que está viendo.

Recuerdo detalles absurdamente precisos.

Recuerdo una mancha de café cerca de su pulgar.

Recuerdo que llevaba un botón de la camisa mal abrochado.

Recuerdo una mujer cruzando la calle detrás de él con una bolsa amarilla.

Recuerdo que un autobús frenó demasiado fuerte.

Recuerdo todo eso.

Pero no recuerdo casi nada de lo que me estaba diciendo.

Porque en algún punto apareció la ausencia.

Y cuando aparece la ausencia todo lo demás pierde resolución.

Las voces siguen sonando.

Las personas siguen moviéndose.

El mundo continúa.

Pero algo se desplaza.

Como si una capa transparente hubiese descendido sobre todas las cosas.

Y detrás de esa capa estuviera él.

No presente.

Peor.

Ausente.

Hay días en los que creo que lo echo de menos.

Pero esa explicación ya no me convence.

Echar de menos algo debería producir una tristeza reconocible.

Esto no se parece a la tristeza.

La tristeza tiene forma.

Tiene límites.

Tiene una causa visible.

Esto es otra cosa.

Es una especie de inquietud silenciosa.

Un error de alineación.

La sensación de que algo está ligeramente desplazado dentro de la realidad.

Cuanto más intento describirlo menos lo entiendo.

Y cuanto menos lo entiendo más espacio ocupa.

Y cuanto más espacio ocupa más vergüenza me da.

Porque empiezo a descubrir hasta qué punto ha contaminado cosas que no le pertenecen.

Una taza.

Una puerta.

Un reflejo en una ventana.

El sonido del agua cayendo en la ducha.

La espera de un semáforo.

Nada tiene relación con él.

Y sin embargo todo termina relacionándose con él.

A veces me pregunto cuándo empezó.

No encuentro la respuesta.

Solo encuentro rastros.

Pequeñas huellas.

Como una marca circular antigua que ya casi no existe pero que todavía puede verse bajo cierta luz.

Y quizá eso sea lo peor.

No la intensidad.

La permanencia.

Porque la intensidad sube y baja.

Pero la permanencia continúa.

Permanece cuando me distraigo.

Permanece cuando trabajo.

Permanece cuando me río.

Permanece cuando consigo olvidarlo durante unos segundos.

Y está esperándome exactamente donde lo dejé.

Como si nunca se hubiera movido.

Como si fuese yo quien se aleja unos metros para descubrir que no existe ninguna distancia real.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…