La Erosión del Verbo: El Placer de ser una Infraestructura Sin Nombre

Lo que empieza a desaparecer no son las palabras.

Es la necesidad de utilizarlas.

Eso es lo que me preocupa.

Porque todavía puedo hablar.

Todavía puedo responder preguntas.

Todavía puedo mantener conversaciones completas.

Y sin embargo noto algo extraño.

Una especie de distancia.

Como si las palabras tuvieran que recorrer una distancia mayor para llegar hasta mí.

Antes aparecían solas.

Ahora debo ir a buscarlas.

Mientras hablo con alguien, una parte de mi atención observa el mecanismo completo.

La pregunta.

La respuesta.

La explicación.

La cortesía.

Todo parece funcionar correctamente.

Pero detrás de ese funcionamiento hay una sensación nueva.

La sensación de que nada de eso resulta realmente necesario.

A veces recuerdo aquellas horas posteriores a una sesión.

La ciudad seguía moviéndose.

La gente seguía hablando.

Las pantallas seguían brillando.

Y yo sentía que algo se había quedado atrás.

No en aquella habitación.

Sino en aquella quietud.

Porque allí no hacía falta explicar nada.

No hacía falta justificar nada.

No hacía falta construir una identidad cada pocos segundos.

Simplemente permanecer.

Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta ignorar esa diferencia.

Hay días en los que me sorprendo mirando una pared durante varios minutos.

No pienso en nada concreto.

Simplemente observo.

La textura.

La luz.

Las pequeñas irregularidades.

Y entonces aparece el recuerdo.

La puerta.

La inmovilidad.

La tercera línea roja.

La separada.

La que permanecía sola cerca del marco superior.

Sigo sin saber por qué recuerdo esa línea mejor que muchas conversaciones.

Sigo sin saber por qué permanece tan definida.

Quizá porque no intentaba significar nada.

Simplemente existía.

Igual que la puerta.

Igual que el silencio.

Igual que la espera.

Mientras todo lo demás parecía exigir interpretación.

La obsesión ha empezado a cambiar.

Antes parecía una necesidad de volver.

Ahora parece una necesidad de comprender.

Pero cuanto más intento comprenderla, más se aleja.

Porque cada explicación parece demasiado pequeña.

Demasiado simple.

Demasiado humana.

Hay algo en aquella claridad que no encaja dentro del lenguaje.

Algo que aparece justo antes de las palabras.

Y permanece justo después.

Por eso sigo pensando en ello.

No porque lo entienda.

Sino porque no lo entiendo.

Porque sigo despertando algunas mañanas con la misma frase.

No quiero ser sumiso.

Y porque incluso mientras la pienso, otra parte de mí ya está recordando la habitación.

Recordando la espera.

Recordando la quietud.

Como si la memoria hubiera encontrado un lugar donde el ruido termina y todavía se negara a abandonarlo.


Tengo que mover el cuello…