La Geología del Segundo: Gestión del Colapso en Tiempo Mineral

No creo que lo que vuelve a mí sea el control.

Tampoco la obediencia.

Ni siquiera la idea de estar delante de él.

Lo que vuelve es algo mucho más difícil de explicar.

La sensación de tiempo.

O, mejor dicho, la sensación de un tiempo distinto.

Porque cuando intento recordar esos momentos, no recuerdo acciones.

Recuerdo duración.

Recuerdo minutos que parecían más grandes por dentro.

Instantes que ocupaban demasiado espacio.

Como si el reloj hubiera dejado de medir segundos y hubiera empezado a medir atención.

Y él siempre estaba en el centro de esa atención.

No haciendo nada espectacular.

Eso es lo extraño.

A veces ni siquiera hablaba.

Podía estar revisando algo.

Mirando por una ventana mientras pensaba.

Y aun así toda la habitación parecía reorganizarse alrededor de ese gesto insignificante.

Es ridículo.

Lo sé.

Por eso no me gusta admitirlo.

Porque no entiendo por qué una parte de mí sigue regresando ahí.

No debería importar.

No debería ocupar tanto espacio.

Sin embargo, cuando pasan semanas sin pensar en ello, basta un detalle mínimo para que todo vuelva.

La forma en que esperaba.

Eso es lo que recuerdo.

No lo que hacía.

Cómo esperaba.

La tranquilidad casi irritante con la que parecía poder dejar algo incompleto.

Como si no tuviera miedo al tiempo.

Como si supiera que el proceso iba a seguir existiendo incluso cuando nadie lo estuviera mirando.

Y ahí empieza el problema.

Porque yo sí lo miro.

Sigo mirándolo.

Mucho después.

Demasiado después.

A veces estoy haciendo cualquier otra cosa y aparece una pregunta absurda:

¿Qué habría ocurrido si me hubiera quedado cinco minutos más?

Y después otra.

Entonces aparece la imagen.

No de él corrigiéndome.

No de él observándome.

Sino de mí permaneciendo allí.

Esperando.

No porque me lo pidiera.

Sino porque no quería marcharme todavía.

Y eso me resulta insoportablemente incómodo.

Porque sigo sin entenderlo.

Nunca he querido pensar en mí mismo de esa manera.

Nunca me ha gustado la idea de la sumisión.

Ni siquiera ahora me gusta.

La palabra se siente equivocada.

Demasiado simple.

Demasiado pequeña para explicar algo que parece mucho más absurdo.

Porque no se trata de querer obedecer.

Se trata de no querer interrumpir el proceso.

De sentir que algo importante sigue ocurriendo aunque aparentemente no ocurra nada.

De quedarse quieto mientras el tiempo se acumula.

Mientras la espera se vuelve más densa.

Mientras la siguiente corrección todavía no llega.

Y, de alguna manera, disfrutar precisamente de eso.

De la ausencia.

De la demora.

Del espacio entre una cosa y la siguiente.

Creo que ahí nació la obsesión.

No en una orden.

No en una experiencia concreta.

Sino en la repetición de una imagen muy simple.

Yo permaneciendo delante de él.

El proceso todavía abierto.

La sensación de que falta algo.

Y la extraña certeza de que no quiero ser quien cierre la puerta.

Al final, lo que ocupa mi cabeza no es el final.

Es la posibilidad de que todavía no haya llegado.

Y cuanto más tarda en llegar, más difícil resulta pensar en cualquier otra cosa.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…