Para el Operador, lo interesante nunca ha sido el contacto.
El contacto ocurre demasiado rápido.
Una mano se posa sobre la piel.
Una yema de los dedos sigue una línea.
Un objeto frío toca una superficie cálida.
Eso sucede en un instante.
Lo que me interesa es todo lo que ocurre después.
La forma en que el cuerpo intenta averiguar qué acaba de pasar.
Hay una pausa muy pequeña.
Apenas existe.
Pero está ahí.
La piel recibe la información antes que el resto.
Después llega la respiración.
Después los músculos.
Después la mirada.
A veces incluso los dedos reaccionan unos segundos más tarde.
Siempre me ha parecido fascinante.
No porque sea complejo.
Porque es imposible fingirlo.
El cuerpo siempre responde antes que la historia que construimos sobre él.
Hay momentos en que recorro la misma zona varias veces.
No porque sea necesario.
Porque estoy observando.
La primera reacción nunca es igual que la tercera.
Ni la tercera igual que la quinta.
La piel aprende.
Luego se equivoca.
Luego vuelve a aprender.
Mientras tanto aparecen detalles absurdos.
Un pequeño escalofrío que recorre solo un lado del brazo.
Un músculo que se contrae donde nadie está mirando.
La manera en que alguien deja de pestañear durante unos segundos sin darse cuenta.
Son cosas mínimas.
Si apartara la vista podría perderlas.
A veces me sorprendo observando algo completamente irrelevante.
Una marca antigua sobre la piel.
Una línea más clara donde el sol no llega.
La huella de una costura que desaparece al cabo de unos minutos.
No forman parte del procedimiento.
Y sin embargo terminan formando parte de la experiencia.
Eso debería parecer una distracción.
No lo es.
Porque el cuerpo nunca es una superficie limpia.
Siempre está lleno de pequeños rastros de otras cosas.
El activo suele pensar que la experiencia gira alrededor del estímulo.
Muchas veces gira alrededor de la espera.
La espera de que vuelva.
La espera de que cambie.
La espera de descubrir si la siguiente sensación será igual o distinta.
Hay un momento concreto que siempre me llama la atención.
Cuando la persona deja de intentar anticipar.
No sucede de golpe.
Simplemente deja de ocurrir.
La frente se relaja.
Los hombros bajan apenas unos milímetros.
La respiración encuentra otro ritmo.
Y todo se vuelve más sencillo.
Después de un rato escucho un ruido procedente del otro lado de la habitación.
Algo pequeño.
Tal vez una tubería.
Tres golpes huecos.
Siempre son tres.
Llevo años escuchándolos.
Nunca he averiguado por qué.
Durante unos segundos nadie dice nada.
El sonido desaparece.
Y el cuerpo sigue allí, intentando comprender algo que ya ha sucedido.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…