No me gusta el dolor.
Esa sería la forma más sencilla de empezar.
Porque es verdad.
Nunca lo he buscado en la vida cotidiana.
Nunca he admirado a quienes parecían necesitarlo.
Nunca he deseado sufrir.
Y sin embargo llevo semanas pensando en él.
No en el dolor como sensación.
No en el instante.
No en el impacto.
Pienso en lo que ocurre después.
Pienso en la forma extraña en que permanece.
En cómo ciertas experiencias desaparecen en cuestión de horas mientras otras continúan escribiéndose dentro de mí durante meses.
Eso es lo que no entiendo.
Hay días en los que me despierto decidido a abandonar toda esta idea.
Me parece absurda.
Innecesaria.
Incluso humillante.
Entonces recuerdo algo.
No una escena completa.
Solo un detalle.
La forma en que el dolor parecía reorganizar el mundo durante unos segundos.
La manera en que todo lo demás dejaba de hablar.
Las preocupaciones.
Las obligaciones.
Los pensamientos repetitivos.
Todo quedaba en silencio.
Y únicamente permanecía una pregunta.
¿Por qué esto importa tanto?
No encuentro la respuesta.
Por eso regreso.
Una y otra vez.
Como un lector incapaz de abandonar un libro cuya última página ha sido arrancada.
Mi mente vuelve al proceso del Amo no porque lo comprenda.
Vuelve precisamente porque no lo comprende.
Vuelve porque en algún lugar de aquel recorrido ocurrió algo que todavía no he conseguido nombrar.
Algo que parecía corregir una contradicción antigua.
Algo que parecía ordenar un ruido que llevaba demasiado tiempo creciendo dentro de mí.
No recuerdo el alivio.
Recuerdo la claridad.
No recuerdo la sumisión.
Recuerdo la suspensión.
La sensación de haber llegado a un lugar donde ya no era necesario discutir conmigo mismo.
Y después llegó la tristeza.
Porque el momento terminó.
Porque la vida volvió a llenarse de tareas pequeñas.
Porque las conversaciones regresaron.
Porque el mundo recuperó su volumen habitual.
Y porque una parte de mí siguió mirando hacia atrás.
Como si hubiera dejado algo allí.
Como si el dolor hubiera escrito una nota en los márgenes de mi identidad y ahora yo dedicara mis días enteros intentando descifrarla.
Quizá por eso la obsesión continúa.
No porque quiera sufrir.
No porque quiera rendirme.
Sino porque sospecho que existe un significado escondido en aquella escritura.
Y todavía no he aprendido a leerlo.
Mi piel recuerda algo.
Mi mente intenta traducirlo.
Y entre ambas continúa creciendo una pregunta que se niega a desaparecer.
No lo estoy moviendo se ha bloqueado debería…